18 de abril de 2017

Crítica de "Colapso" de Jared Diamond

No es habitual en este espacio hacer críticas ni reseñas sobre ensayos o cualquier otro género literario. Sin embargo esta vez merece la pena hacer la excepción. Recientemente me he leído un libro que tenía pendiente desde hace tiempo, se trata de Colapso. Por qué unas sociedades perduran y y otras desaparecen, de Jared Diamond. Pero he de decir que, después del valorado por muchos, incluido el que habla,  Armas, gérmenes y acero, el presente libro, publicado hace ya más de diez años, se me ha antojado en general bastante decepcionante. Y es precisamente por esta razón, y por la nada sorprendente influencia que tiene Diamond en el mundo académico y procientífico, por la que veo necesario rebatir este libro. 

A mi juicio el estudio tiene dos partes fundamentales, que según el autor guardan una estrecha relación: en la primera se habla de las sociedades del pasado que tras alcanzar un vigoroso esplendor, desaparecieron supuestamente tras sufrir un colapso en su modo de vida. Y en la segunda se establecen posibles analogías y diferencias entre la sociedad actual civilizada -o globalizada- con estas sociedades. Entre medias y como una parte diferenciada, se habla a su vez de sociedades actuales que supuestamente también han sufrido colapsos y de otras pocas que supuestamente han tenido éxito. 

Bien, en primer lugar es importante matizar porqué utilizo el término "supuestamente". Esto es porque cuando uno lee que todas estas sociedades del pasado en las que se habla colapsaron, según Diamond, por cinco factores clave que se reptien casi siempre, le queda cierta duda, máxime cuando la mitad de dichos factores tienen que ver con la voluntad de todos los miembros de la sociedad entre sobrevivir o desaparecer, como si la propia sociedad llevara las riendas de su destino y así pudiera tener éxito o fracasar. A priori los factores medioambientales pueden parecer ciertos y según la mayoría de los estudios arqueológicos debió de darse al menos en algunas de ellas un desequilibrio entre población y recursos naturales o una sobreexplotación de los mismos que inevitablemente llevó al desastre. Lo que quedaría por saber es si estos hechos -no decisiones grupales, como pretende hacernos convencer el autor- fueron causa directa de la acción humana. Rastreando por la red, uno encuentra el libro "Cuestionar el colapso", una obra escrita por varios antropólogos en la que se desmontan con otros argumentos que dichos colapsos no fueron motivados directamente por causas humanas -como el de la isla de Pascua- e incluso que algunos de ellos no pueden catalogarse siquiera de colapsos sino de transformaciones o expulsiones -como es el caso de los mayas o los anasazi del sudoeste de Norteamérica-.

Cabe decir que a pesar de su abundante documentación, sorprende, no de forma muy positiva, el estilo sobradamente subjetivo y pasional del que abusa Diamond. Así, uno no se explica que previamente a esta primera parte se dedican tantas páginas a una parte de la sociedad actual estadounidense, como es el estado de Montana -ni más ni menos que 60 páginas del libro-, al parecer por lo que bien que conoce la zona y la cantidad de amigos que tiene allí. Tampoco es explicable que se dediquen apenas 25 páginas al imperio y ocaso de los mayas mientras a los noruegos de Islandia, Groenlandia y otras islas británicas se les otorgue la friolera de más de 150 páginas. Evidentemente, aunque esto sea algo secundario para el contenido del libro, no deja de ser una decisión arbitraria del autor que deja sin aclarar.

En cuanto a la segunda parte fundamental, y dejando de lado la parte en la que se habla de las supuestas sociedades actuales que han tenido éxito, algo muy relativo y discutible -tal es el caso de Japón- porque ¿quién nos asegura que las sociedades del presente, mayormente dependientes de la globalización, no están en riesgo de colapso? o que de forma arbitraria son presentadas por Diamond como sociedades con un medioambiente frágil, tal es el caso de Australia o China, como si fueran sociedades susceptibles al colapso -cuesta creerlo en el caso de China-, Diamond quiere hacernos mostrar a modo de conclusión que las diferencias y analogías de la sociedad actual globalizada en relación a las sociedades del pasado deberían ser analizadas y estudiadas para no caer en sus mismos errores y con el simple objeto de que perdure la primera. Y he aquí la gran decepción del libro en la que merece extenderse. (Al fin y al cabo, las interpretaciones antropológicas sobre diferentes sociedades, a menudo contrapuestas, pueden ser tomadas en serio o puestas en duda por los lectores a juicio de estos, pero no dejan de ser especulaciones sobre el pasado. Sin embargo el presente es más fácil de analizar y en parte, comprender)

Diamond insiste reiteradamente en la capacidad o no de aquellas sociedades para enmendar sus errores y sus fatales consecuencias que les llevaron al fracaso. Sin embargo, esto contrasta con su libro anterior Armas, gérmenes y acero, en donde se aseguraba que las sociedades estaban marcadas por un determinismo histórico dominado por los factores materiales y no culturales -yo dudo si los factores materiales no son culturales, y quizás una oposición más acertada sería la de factores ideológicos-. Pero sigamos con el volumen que nos interesa: esta supuesta voluntad de las sociedades por dirigir su propio rumbo se confirma cuando Diamond de forma claramente prosistema lo traslada a la sociedad actual defendiendo a multitud de empresas que según él tendrían la capacidad de revertir la esencia del sistema del crecimiento y el desarrollo ilimitado solamente modificando sus prácticas medioambientales, con el fin de contaminar menos o extraer recursos causando un menor impacto. Sin más, ya está. A su vez, los gobiernos y los consumidores, a su modo, también pueden influir en que estas prácticas mejoren. Una de las cosas que más chocan es cuando afirma que una de las prácticas que podrían hacer los consumidores, además de quejarse o rechazar ciertos productos, es elogiar a las empresas cuando éstas lo hacen bien, como si fuera poco darles tanto dinero comprando sus productos.

Las referencias que cita se refieren a la industria petrolífera, la de los metales, la de la madera y la de la pesca, efectivamente, unas de las que más daño hacen al medioambiente. Faltaría quizás la industria de la carne, una de las más destructivas. Después de señalar los daños ocasionados por éstas de forma bastante fiel a la realidad, nos recuerda insistentemente y de forma "optimista" cómo deberían hacer las cosas para que los daños no fueran tales o fueran menores. Para ello nos presenta ejemplos excepcionales de empresas que han desarrollado una política medioambiental ejemplar y que debería servir como modelo para el resto, además de la implantación de normativas por parte de las autoridades encargadas de poner límites a la explotación de los recursos y que ya funcionan en algunos países. Para él esto sería suficiente. Otros expertos insisten más en transformar las fuentes de energía de combustibles a energías limpias y renovables, lo que según ellos solucionaría una parte del problema (pero solo una parte)

Pero lo que realmente esconde esta posición claramente condescendiente es una intención generalizada por parte de ecólogos, biólogos, climatólogos y otros científicos de salvar la civilización a toda costa. Para ellos, el medioambiente tiene algún valor, pero solo si sirve a la humanidad. Una visión realmente antropocéntrica. La esperanza de la que tanto habla Diamond en el libro supone un futuro civilizado más suave, menos invasivo. Es por eso que en esta clase de libros se habla de una esperanza relativa, una esperanza con condiciones. Solamente se alude a los problemas medioambientales -que  es verdad que son muchos y graves-, algo menos a los problemas demográficos y nada en absoluto a otros problemas de tipo estructural de la propia sociedad

Ni por asomo se aluden a los problemas intrínsecos del propio modo de vida. No se habla de la degradación de la propia naturaleza humana civilizada, la mera consideración del individuo exclusivamente como un ente consumista, superficial y vacío. No se mencionan en estas obras la total artifialización de la sociedad por medio de la tecnología, la pérdida de la comunicación tradicional. Ni tampoco la masificación en megaciudades cada vez más vastas y los problemas inherentes a éstas. No se habla de la inevitable jerarquización de las relaciones laborales y empresariales en una sociedad altamente compleja donde todo está controlado por máquinas y sujetos-máquinas, así como de la especialización vertiginosamente cambiante de las innovaciones o de lo que Diamond denomina esta vez sí acertadamente proceso autocatalítico (pag.249 de Colapso) en relación a los avances tecnológicos. Tampoco se dice nada sobre la extremada alienación de la sociedad civilizada, del infantilismo al que se relega al individuo urbanizado, siempre inmerso en el exceso, la envidia, la tentación de consumir, el vicio y la estupidez. Por último, tampoco se alude a la falta de moral que hace sostener una sociedad de este tipo cuyo ejemplo más aberrante es el de mantener a millones de esclavos animales en condiciones deplorables y condenados a la violencia y la muerte porque todo el mundo lo consiente. Aquí Diamond demuestra importarle muy poco los animales marinos con su posicionamiento a favor de una industria de la pesca controlada, pero básicamente como el grueso de la humanidad: si los animales terrestres les importan poco, los que habitan el mar no les importan nada. 

En una parte del libro, Diamond admite que es impensable que los gobiernos propongan métodos para reducir el consumo y dado que los consumidores no lo harán por sí mismos, y que como se expone, el nivel de consumo de los países tercermundistas se está equiparando en mayor medida a los primermundistas, el impacto en la naturaleza cada vez será mayor. ¿Qué importancia tendría que las empresas contaminaran menos o fueran menos destructivas si cada vez tuvieran que extraer más recursos o fabricar más productos porque cada vez hay más gente en el mundo consumiendo como lo hace el Primer Mundo? Por lo tanto, ¿de qué serviría que un gran número de empresas implantaran medidas medioambientales o que las normativas fueran más estrictas si la población seguiría aumentando a la vez que lo haría el impacto en el medio? Lo mismo podría decirse si supuestamente las energías renovables sustituyeran a las energías convencionales no renovables

Peor aún, si la esperanza de Diamond se cumple y todas estas empresas mejoraran supuestamente sus prácticas medioambientales, se acabaría la gravedad del asunto al menos de forma temporal, con lo que ya no habría razón para preocuparse y los niveles de consumo podrían multiplicarse sin que el ecologismo interfiriera. Esto es lo que podría llegar a pasar si el problema se enfoca únicamente desde un punto medioambiental. Si no se consideran otros puntos de vista de índole social, moral y fundamentalmente estructural, la sociedad seguirá sujeta a los dictámenes del progreso y el crecimiento ilimitado y por mucho que se intenten postergar los ataques al medio natural, el inevitable aumento desproporcional de la población y su impacto acabarán por destruir la mayor parte de dicho medio

 

14 de marzo de 2017

El progreso, un proceso contra natura

Desde tiempos remotos, el ser humano ha progresado, incluso en la larga y supuestamente estática época primitiva también lo hizo, aunque más lentamente. Todos y cada uno de los pasos que hemos ido dando han ido siempre en esa dirección y todos y cada uno de ellos han posibilitado cambios que a su vez posibilitaban más cambios. La era primitiva fue larga y lenta, los cambios se producían de forma gradual, los humanos que había eran nómadas y recolectores y eventualmente cazadores. Durante cientos de miles de años llevaron una economía básica de supervivencia, migraban con lentitud buscando mejor clima o tierras, explorando zonas vírgenes y vivían en pequeños grupos de población aislados unos de otros. Así, la población crecía muy lentamente, pero crecía, el cerebro se desarrollaba poco, pero se desarrollaba. Y aunque fuera lentamente, de alguna forma el ser humano primitivo empezaba a transformar el ambiente, como ejemplo baste decir que numerosas pruebas antropológicas sugieren que la especialización de la caza pudo motivar probablemente la extinción de grandes mamíferos del Pleistoceno como los mamuts.

Llegado el Neolítico ocurrió el primer gran cambio significativo: la economía pasó de ser de subsistencia a una economía productivista en pocos milenios, con ello cada vez más grupos se hicieron sedentarios, estableciéndose en poblados cada vez más grandes. Sin duda esto hizo aumentar la población y el contacto entre grupos, que por un lado motivó la transmisión cultural, pero por otro, trajo los primeros grandes conflictos entre clanes, que empezaban a competir por tierras, animales y esclavos. Poco a poco, pero cada vez más rápido, las sociedades se volvieron más complejas y las más grandes y avanzadas derrotaban a los grupos aún tribales, aún mayoritarios, absorbiendo a sus miembros en forma de esclavos. Así, surgieron a su vez sistemas de jerarquía cada vez más fuertes y eficaces y con ello, en poco tiempo, los grandes imperios con sus pertinentes conquistas.

El progreso estaba ya lanzado, se empezaban a formar las primeras ciudades, cunas de los primeros imperios: Sumeria, Fenicia, Mesopotamia, Persia, Egipto. Después, vendrían Grecia, Roma  y poco más tarde el Imperio español, holandés y francés. La población se contaba ya por millones en todo el mundo y el saqueo de los recursos naturales empezaba ya a hacer mella en el medio natural.

Pero no fue hasta entrado el siglo XIX cuando acaeció el segundo gran cambio significativo con la llegada de la era industrial y del petróleo, haciendo del progreso la auténtica razón de ser de la humanidad. Las ciudades se hacían inmensas, albergando a millones de individuos que formaban las primeras sociedades de masas. Los estados -naciones se consolidanan como garantes del orden y la ley, además de ejercer todo el poder sobre los ciudadanos. El trabajo en cadena preeminentemente industrial se imponía en los países post-imperialistas y la economía de libre mercado establecía el dinero como la primera razón para crecer de forma ilimitada. La población mundial se duplicaba en pocas décadas llegando a la astronómica cifra de siete mil millones de la actualidad. Es en esta época cuando el progreso se extiende y se justifica como si fuera el propósito por el cuál el ser humano ha colonizado la Tierra. Incluso se llegó a decir al princpio que el progreso traería la paz y la prosperidad a todo el mundo, acabando con la miseria y con las guerras y todavía hay muchos que así lo creen. Sin embargo, hoy, solo unos pocos pueden darse cuenta del inmenso daño que está provocando la imperante ideología del progreso y el crecimiento económico. 

El progreso no solo no ha traído  la paz y prosperidad que se prometió, sino todo lo contrario. El progreso ha creado el capitalismo, un sistema que todo lo basa en el beneficio económico ilimitado, cuyo "mayor logro" es la sobreexplotación de los recursos naturales de los países colonizados, creando en pocas décadas desorbitadas desigualdes entre las personas y condenando al hambre y los perpetuos conflictos armados a sus habitantes. Pero el progreso no solo mata por hambre o guerra a millones de personas que han tenido la mala suerte de nacer en el lugar colonizado, sino que mata indirectamente a los habitantes de los países ricos creándoles enfermedades por alimentación basura y adictiva, mediante el consumo de drogas de todo tipo, incluidas las tecnológicas o por accidentes, presentados como daños colaterales del progreso. 

Por desgracia,  el impacto negativo del progreso no solo repercute en el humano sino también en el resto de seres vivos no humanos. El progreso ha condenado a la violencia y muerte sistemática de millones de animales que se consumen para comer u otros usos, pero sobre todo para comer. Claro, cuando se prometió paz para todos, no se referían a los animales. Y por último, y sin salir del impacto en el medio natural, el progreso es el responsable directo de la destrucción diaria de miles de hectáreas de espacio natural, con las funestas consecuencias que esto tiene para millones de organismos, tanto del mundo vegetal como animal e incluso humano no civilizado. Con todo, millones de personas siguen viviendo engañadas en pos del progreso, responsables del crimen natural y paradójicamente ignorantes de que están cavando su propia tumba y la de sus futuros hijos.

Tras esta breve exposición de lo que ha supuesto el fenómeno maldito del progreso, pasaremos a argumentar porqué esta tendencia tan poderosa no solo es peligrosa y destructiva para el resto de seres vivos sino que va contra natura, es decir, se extiende en contra de la naturaleza. Para ello expondré varias premisas que lo demuestran:

En primer lugar, cabe decir que el progreso se ha forjado con los siglos haciéndose cada vez más fuerte y poderoso, embaucando a millones de humanos en su osadía. Sin embargo, en la naturaleza ninguna especie animal y menos vegetal ha desarrollado jamás un comportamiento parecido, la evolución, como ya afirmó el biólogo Stephen Jay Gould, no tiene ninguna dirección concreta, solo supone cambio, ni progresa ni retrocede, al menos en términos generales. Es evidente que el ser humano se ha salido claramente de esta tendencia con esa carrera desbocada hacia la sobreexplotación. Así pues, el progreso de la humanidad como fenómeno predominante está en claro conflicto con la evolución de las especies y la selección natural.

Otro factor contra natura del progreso es el desbocado incremento de la población humana, siendo el factor demográfico quizás el resultado más notable del mismo y que además justifica el círculo vicioso que esconde este fenómeno social. Ningún ser vivo ha crecido jamás tanto en número como para crear un desbarajuste serio en el planeta, modificando las condiciones esenciales para la vida, incuido el clima. Tan solo las bacterias y los virus podrían ser más numerosos, incluso los insectos, pero aún siendo los primeros organismos parasitarios su elevado número no provoca ni mucho menos el impacto destructivo que provoca el ser humano en la Tierra (a no ser que nuestra especie fuera considerada una clase de virus). Esto se entiende porque el ser humano en su desarrollo intelectual se ha salido de la cadena trófica natural en la que estaba inmerso cuando era más animal que humano, y si bien antes tenía depredadores que de alguna forma mantenían a raya su número, ahora carece de ellos, convirtiéndose con ello solo en depredador. Además, los animales depredadores apenas se alimentan de unas pocas especies sin modificar el ambiente en absoluto, mientras que el depredador humano se alimenta de cientos de especies diferentes transformándolo todo a su antojo, provocando con ello la destrucción indirecta de otras especies de animales y cuando no es por alimento es por decenas de necesidades superfluas. Son muchos biólogos los que hablan de esto como la sexta gran extinción masiva y a diferencia de las otras grandes cinco extinciones del pasado, es muy probable que la causa de la actual esté relacionada con el modo de vida de una sola especie, la humana.

El aumento generalizado de la media de vida es otro factor claro que va contra la naturaleza y muchos de los que lean esto pondrán el grito en el cielo.  Si lo hacen es porque son defensores a ultranza del progreso, ya que solo éste ha logrado que se vivan más años y en especial el progreso de los últimos doscientos años con el avance de la medicina convencional y la tecnología. Pero ni la medecina convencional ni la tecnología son hechos naturales sino artificiales y aumentar la media de vida bajo estos medios no tiene ningún mérito, es como hacer trampas. Por otro lado, el aumento de la media de vida ha contribuido claramente al aumento poblacional. El ser humano vive más años en general, pero ¿a costa de qué? ¿y para qué? En la antigüedad la media de vida apenas llegaba a los cuarenta años y nadie estaba preocupado por ello, a pesar de que algunos se salían de la media y podían llegar hasta los setenta u ochenta años. Solo cuando la ideología del progreso ha sido motivo de culto la gente ha empezado a preocuparse por cumplir más años, e incluso los más visionarios y alocados de alcanzar un día la inmortalidad del cuerpo. En la naturaleza ningún ser vivo ha superado jamás su media de vida ni se ha preocupado en hacerlo, porque de hecho a la naturaleza no le conviene en absoluto que algo así les sucediera a muchas especies, iría contra natura. Nuevamente solo una se ha salido de la norma general. 

Valores tan ligados al progreso como la búsqueda de  la felicidad son exclusivamente humanos, en la naturaleza nadie se preocupa de ser feliz, ni siquiera de tener una vida colmada de placeres. De hecho, hay pruebas de que lo opuesto al placer, el dolor, es un motivo mayor de evolución (no de progreso) ya que ayuda a la supervivencia y perpetuidad de las especies. En la naturaleza, los seres vivos luchan permanente y únicamentemente por estos dos factores y una especie que buscara la felcidad permanente no podría durar mucho y de hecho la única que lo hace parece querer estar buscándose un final triste y rápido. Ciñéndonos a los animales como únicos seres que podemos afirmar con seguridad que tienen conciencia, es evidente que buscan huir del dolor y en muchas ocasiones buscan estados de tranquilidad, juego y placer, pero estos estados no entran en conflicto con los estados de alerta o protección necesarios para la supervivencia. De hecho, la mayor parte del tiempo lo ocupan en buscar alimentos y en aparearse, los dos factores claves para la supervivencia y la perpetuación de la espcie. Tanto se ha alejado el ser humano de la naturaleza que ya no la teme, y peor aún, ya no tiene que preocuparse de su supervivencia, por lo que puede dedicarse a buscar cosas triviales como la felicidad permanente o la diversión sin límites pero siempre como partes subordinadas al progreso, el motor que lo hace posible. La pregunta es, ¿le ayudará esto a sobrevivir mucho tiempo?  

Por último, pero en clara relación con las anteriores, el progreso de la humanidad ha contribuido y contribuye de forma unánime a la destrucción de la naturaleza, y cada vez en mayor medida, dado que cada vez hay más humanos en el planeta y cada vez más humanos se suman al consumo desmedido de Occidente. La ideologíoa del progreso ha logrado extender la absurda creencia de que miles de millones de humanos pueden vivir para siempre al ritmo que lo están haciendo y para ello, se ha valido de ideologías subordinadas como el materialismo, el consumismo y el ya mencionado hedonismo. Pero este ritmo de vida supone el exterminio de millones de organismos tanto animales como vegetales, en lo que algunos ecólogos se refieren a ello como una pérdida irreversible de la biodiversidad de la Tierra, necesaria para que los ecosistemas vitales sigan funcionando. Es decir que para que millones de humanos puedan vivir como lo están haciendo ahora muchos más millones de seres vivos tienen que morir e incluso malvivir hasta morir.

A pesar de que pueda paracer que el progreso permite a la gente llevar una vida normalizada o al menos así lo creen sus defensores, los más engañados, es sin duda un modo de vida no solo destructivo con el resto de organismos sino consigo mismo, un modo de vida claramente suicida y algunos expertos ya han hablado de que si todo sigue como hasta ahora, las posibilidades de una extinción humana aumentan drásticamente. Aunque siendo objetivos no sería tan grave, se estima que cada año se extinguen entre 10.000 y 50.000 especies. Con todo, es necesario decir que todavía ningún biólogo ni paleontólogo ha corroborado que ninguna especie se haya extinguido jamás por un comportamiento claramente autodestructivo, sino por circunstancias totalmente ajenas a ellas. 

Expuestas esta serie de premisas a modo de conclusión surgirían varias preguntas sobre el progreso, ¿Es esta tendencia ihenerente al ser humano? Si queda demostrado que desde tiempos remotos el ser humano ha progresado, entonces la respuesta es sí -incluso en los períodos que lo haya hecho muy lentamente-. ¿Es por tanto el progreso inherente a la naturaleza humana? Probablemente lo sea. ¿Podría escapar de él? Actualmente no puede, y solo en un futuro remoto en el que el modo de vida actual haya desaparecido y solo quedaran unos pocos humanos, éstos podrían a voluntad llevar una vida libre de progreso, agrupados en sociedades minúsculas y sencillas que apenas dejen impacto en el medio natural y sin ánimo alguno de crecimiento, a pesar de que siempre existiera la posibilidad de que éste volviera a ganar la partida y todo volviera a empezar. 

Aunque se salga del tema en cuestión, cabría añadir porqué la humanidad no puede actualmente escapar al progreso. En primer lugar porque la inmensa mayoría de personas creen firmemente en que el progreso es la razón de ser del ser humano e incluso de que en algún momento traerá la paz a todo el mundo. En segundo lugar porque todas esas personas no están capacitadas para ver la relación entre el progreso y la destrucción del medio natural, ni mucho menos lo pernicioso que resulta aquel para todos los ámbitos de la vida y en tercer lugar porque los pocos que lo pueden ver solo proponen soluciones que inciden en las causas próximas y no en las causas primarias. En cuarto lugar, porque incluso aunque una parte importante de la humanidad reconociera las causas primarias, abordarlas supondría un choque brutal con el modo de vida impuesto, si no un colapso inevitable del propio sistema y lo que pasara después nadie puede saberlo. 

Es importante añadir a su vez otra cuestión y es la diferencia entre la ideología del progreso, forjada con los años, que es la que actualmente mueve el mundo de los humanos y el hecho del conocimiento. Aunque pueda parecer que desde siempre ha acompañado al progreso, el conocimiento, que se puede decir también es inherente al ser humano, por tanto a su naturaleza, podría desarrollarse independientemente del progreso en un futuro de sociedades minúsculas y sencillas, dirigido únicamente hacia la naturaleza y el ambiente que nos rodea en general. Por tanto, y aunque esto formaría parte de otro escrito, habría que dejar clara la diferencia entre lo que es el conomiento ilimitado marcado por el progreso y auspiciado por la tecnología, que es el que se ha impuesto por la fuerza y el conocimiento sencillo dirigido únicamente hacia el medio natural. 


  

27 de enero de 2017

La ciencia moderna desafía las leyes naturales

De entre las ideas más disparatadas que nos brinda la modernidad, al menos hay una que se burla del orden natural por el que se desarrollan los seres vivos de este planeta y esta es la idea de superación de la muerte, cuyo equivalente más fantasioso es la idea de inmortalidad del ser humano. Una idea que nace de un deseo, el no querer morir. Esta vez ni siquiera podemos hablar de que la ciencia empieza especulando sobre una teoría antes de cribarla por el método científico, pues es así como se desarrollan casi todas las teorías probadas por la ciencia, por lo menos aquellas que tratan de explicar un hecho o un fenómeno. Porque la negación de la muerte no tiene un carácter especulativo, sino más bien antinatural, pues es sabido y demostrado que una de las características fundamentales de todos los seres vivos es el hecho de la mortalidad. Así, este nuevo deseo de ciertos científicos contradice una teoría crucial que se supone ya ha demostrado la propia ciencia. Aunque se puede decir que esto es una tónica ya repetida en muchas ocasiones.

Este deseo antinatural se manifiesta principalmente en el ámbito de la medicina, en donde se investiga la forma de "curar el envejecimiento" (menos osado sería hablar de retrasar el envejecimiento, una expresión que tal vez sí pudiera encajar en el orden natural). Esta investigación alberga implícito el deseo de inmortalidad ya mencionado, pues si se lograra curar el envejecimiento, entonces el ser humano no moriría nunca, al menos de forma natural, se entiende. No entraremos en las bases de dicha invetigación que solo competen en realidad a los científicos que las desarrollan, pero sí podemos aventurarnos a decir porqué aparecen, de dónde vienen. 

Es evidente que no vienen de la religión, antítesis de la ciencia, pues siempre ha insistido en la inmortalidad del alma, pero no del cuerpo, es decir, que las creencias religiosas de alguna forma también han tocado esta cuestión, aunque la ciencia no ha podido demostrarlo dado que dicha inmortalidad se remontaba a una figuración supraterrenal o sobrenatural. Ahora la ciencia pretende alargar la vida humana tanto como sea posible curando el envejecimiento y ya que se pone, alargarla eternamente, pero no en un terreno supraterrenal sino terrenal, pues es el único plano en donde es capaz de demostrar hechos contrastados. 

¿Y por qué no se quiere morir? Podríamos enumerar muchas razones que estarían en franca consonancia con el contexto de sociedad moderna actual, pues es obvio que todas las ideas que surgen en la mente humana tienen relación con la forma de vivir. Durante miles de años, prácticamente desde el surgimiento de la civilización como tal, el ser humano ha inventado formas varias de alargar la vida retrasando el envejecimiento. Una fue la veneración hacia la juventud y la belleza, periodo de la vida en donde el ser humano goza de todo esplendor y fuerza antes de iniciar su descenso irremisible. Para ello se han transmitido entre generaciones multitud de historias y leyendas venerando la belleza como símbolo de virtud y éxito. En la era moderna, el culto al cuerpo se hace una realidad, la industria contribuye con el lanzamiento de cientos de productos para perfeccionar el cuerpo cada vez más mientras que la ciencia alarga la vida física con sus avances en medicina y tecnología. Todo esto permite el aumento poblacional, el alargamiento en la esperanza de vida y en consecuencia, el aumento de una población envejecida.

A pesar de los pesares, todo intento de alargar la juventud mediante historias legendarias o artimañas industriales no era más que una falacia temporal, pues todos sabían que más tarde o más temprano, el envejecimiento era algo inevitable y la muerte la etapa final. Resulta irónico también que el hecho de la muerte se haya convertido en un tabú del que pocos desean hablar al margen de las creencias religiosas que por qué no decirlo, transmitían una sensación de tranquilidad a los creyentes, por el hecho de estar convencidos de que la muerte no era el final, y que si habías sido bueno o habías sido redimido de tus pecados irías al cielo por toda la eternidad. Muy recientemente, la ciencia, negando las creencias religiosas, ha afirmado públicamente que tras la muerte no hay nada, ni dios, ni cielo ni tampoco infierno. En consecuencia la cantidad de no creyentes o ateos ha ido  en ascenso pero al mismo tiempo la tranquilidad con la que se iban los creyentes ha sido sustituida en detrimento del miedo a lo desconocido, pues resulta difícil para todos los humanos imaginarse una sensación de no respirar ni sentir absolutamente nada, esa sensación de vacío que debe venir tras la muerte. 

Ni la certidumbre religiosa, francamente dudosa, ni la incertidumbre de la que no puede escapar la ciencia han ayudado para la aceptación de la muerte como un suceso crucial que forma parte de nuestra naturaleza como animal que somos. Y sin embargo, la ciencia que estudia la historia más antigua, la antropología, ha aportado pruebas fehacientes de que en eras primitivas de la humanidad, la muerte era aceptada como algo natural sin miedo alguno, solo quizás con resignación, pues el hecho de vivir en la naturaleza y creerse un animal más dentro del orden natural era la razón que hacía comprender el sentido del ciclo natural por el que todo ser vivo ha de pasar. Dichas pruebas pueden incluso comprobarse en las tribus indígenas actuales en las que los más ancianos se dejan morir en su deseo de no ser una carga para la tribu nómada. En los animales también se puede observar cierto abandono o aceptación del final, si bien es aventurado asegurar que son conscientes de su propia muerte. El alejamiento evolutivo de la naturaleza por parte de los humanos motivado por las nuevas circunstancias materiales y sociales motivó la extensión de la idea de trascendencia del ser humano sobre el resto de seres vivos y por ende el rechazo de las leyes naturales que aún así lo definen culminando en ideas absurdas de eternidad de la vida. 

Por suerte, esta posibilidad tan solo es eso, una posibilidad todavía hoy tan remota en el tiempo que ni siquiera merecería la pena ser valorada. Pero aunque lo fuera, dicha posibilidad no está teniendo en cuenta el contexto actual en el que vivimos, ya que si el alargamiento de la vida y los avances médicos han conseguido que la población aumente de forma considerable en apenas siglo y medio, a pesar de que la muerte siga ganando la partida, la posibilidad del logro de superación de la muerte, estaríamos hablando en poco tiempo de un planeta plagado de humanos y agotado de recursos u otras formas de vida, en definitiva, un planeta hostil y vacío. Otras expectativas de superación de la muerte como la criogenización  son aún más nefastas dado su carácter selectivo que podrían ofrecer en un futuro -de momento solo se puede hablar de su carácter fraudulento ya demostrado por algunos escépticos-, y es que si la ciencia logra superar la idea de reanimación no puede garantizar la calidad de vida de una persona que despierta en un futuro remoto totalmente diferente al actual, por no hablar de que la criogenización sería solo posible para las clases sociales más adineradas.

Pero al margen de la posible reanimación futura de un cuerpo muerto congelado, el hecho de que algunos se planteen la superación de la muerte por cualquier método e incluso dediquen gran parte de su esfuerzo y su trabajo en estudiarlo es algo que resulta inquietante ya que desafía la naturaleza humana negando su propia animalidad. Además, en el contexto actual que vive la humanidad podría llegar a resultar incluso insultante pensar en alargar la cantidad de años que pueda vivir un humano antes que mejorar su calidad de vida, tan penosamente degradado por la era industrial que tanto prometió hacerlo en sus inicios. Ni la era industrial  ni la tecnología han logrado hacer progresos en este aspecto, sino más bien todo lo contrario. La fe en el progreso ha hecho creer a la gente la ecuación "a más personas más calidad de vida", y esos avances en medicina de los que tanto se ha presumido han posibilitado el aumento desproporcionado de la población y su aglutinación en masas ingentes de humanos rodeadas de máquinas llamadas ciudades.  

Por otra parte, la ciencia moderna está acaparando una influencia y reputación cada vez mayor en el pensamiento de gran parte de la sociedad incluso ante las ideas más osadas y especulativas, del mismo modo que lo hacía la religión hace siglos y aún hoy, confirmando cierta tendencia dogmática por parte de muchos científicos que se creen garantes de toda forma de conocimiento. A pesar del eterno debate tan controvertido que ha suscitado durante años la oposición entre religión y ciencia en cuanto a tratar de explicar lo inexplicable, parece que la ciencia moderna lleva el mismo camino que su antagonista en cuanto a crear cierto poder de convencimiento entre las nuevas generaciones más ligadas a ella que a las creencias religiosas.

Finalmente, se debe destacar que la razón antropocéntrica tiene un gran peso a la hora de no desear la muerte, pues esta idea forjada por milenios de alejamiento de la naturaleza y distinción con respecto al resto de animales no humanos ha hecho que muchos quieran trascender su propia existencia pretendiendo ser lo que no son. La no aceptación de la muerte no es más que una transgresión del ciclo natural de la vida.