23 de agosto de 2016

Sociedad nociva

A marchas cada vez más rápidas la sociedad moderna avanza hacia su propio suicidio mediante el estado demencial y perverso de sus miembros. Pero el calibre de demencia que está adquiriendo la sociedad por culpa fundamentalmente del avance tecnológico deja a su alrededor un grado inconmensurable de nocividad imposible ya de percibir por los individuos, imbuidos en vidas sin sentido y abducidos por el dogma del progreso. Tan grave es su grado que apenas hay ya posibilidades de mitigar la lamentable situación y menos revertirla. Se trata de un cáncer en estado de metástasis. La nocividad se extiende a todos los ámbitos del sistema de vida humano y peor aún, alcanza a casi todos los ecosistemas ajenos a la especie dominante. Empezando por las necesidades físicas más básicas como la alimentación, en donde miles de alimentos son fuentes de enfermedad física y mental, hasta aquellas cuestiones psicosociales y convivenciales entre la masa de individuos que solamente se basan en el fenómeno de masa, pasando por el régimen de embrutecimiento e indiferencia hacia el resto de formas de vida que pueblan el planeta.


Nocividad alimentaria.

Como decimos, la forma de alimentarse del humano-masa de la sociedad moderna es un auténtico desastre, un continuo hartarse hasta la saciedad de alimentos prefabricados e industriales, llenos de sustancias químicas y tóxicas que provocan trastornos y enfermedades nuevos en el organismo que las ingiere y que cada vez más está provocando muertes prematuras.

En primer lugar, destaca la cantidad de comida que ingiere el humano medio de las sociedades modernas, mucho más en general de lo que debiera, se añade a esto la cantidad de alimentos de origen animal altamente procesados, procedentes de animales explotados en condiciones perversas de hacinamiento e hinchados de antibióticos y hormonas para el engorde, incluidos peces en piscifactorías, que representan ya más de la mitad del pescado consumido en todo el mundo.

En segundo lugar destaca el grado de adicción que las empresas del sector incluyen a sus alimentos para aumentar las compras y crear sujetos adictos legales, más propensos a enfermar y consumir más medicamentos innecesarios. Alimentos como el azúcar refinada, usada en miles de productos, incluso productos supuestamente salados, la proteína del gluten, usada en alimentos tradicionales como el pan o la pasta y que se ha probado ya su relación en enfermedades de todo tipo incluido enfermedades neuronales, o el queso -y los lácteos en general- como uno de los alimentos más adictivos que existen, probado ya en varios estudios de nutrición. Este propósito de crear consumidores adictos no solo viene dado por las sustancias físicas en sí que contienen los alimentos, pues también contribuye el grado de engaño que contienen los anuncios publicitarios en los medios tecnológicos de comunicación.

Dentro del ámbito de la alimentación cabría destacar también el vital consumo del agua, y del que muchos estudios lo relacionan con la acidez del organismo y por tanto de ambientes propensos a la enfermedad por consumo de cloro, flúor o metales pesados, pero también por otras sustancias tóxicas incluidos restos de medicamentos que no depuran las plantas de reciclaje del agua destinadas a este fin. Este es el precio de vivir con agua corriente.

Dadas estas pésimas formas de alimentarse de la población moderna y sin haber entrado en detalles mayores, el hecho de que quienes fomentan esta forma de alimentación solo para engordar su bolsillo están de alguna forma induciendo a la muerte prematura de millones de personas, incluidos ellos mismos -también son consumidores de lo que ellos venden y promocionan- es el resultante de un sistema rematadamente pueril pero a la vez perverso. ¿Cómo puede llegar a cegar de tal forma el hecho de querer ganar más y más dinero a costa de empeorar la salud de la gente y del planeta? A pesar de ser casi todos los consumidores inconscientes del problema, bien podría decirse que este es el resultado de un plan premeditado.


Nocividad en la medicina.

En clarísima connivencia con la perversa industria alimentaria, se haya la aún más perversa industria farmacéutica, que no sólo vive de la mala alimentación de la masa sino que obtiene enormes sumas de dinero por los trastornos y enfermedades que crean en el organismo los alimentos industriales. Esta podría ser perfectamente una de las demencias de la sociedad moderna: promover la enfermedad del cuerpo del individuo -aunque también de la mente- para que otros se lucren por ello, pero la paradoja más cómica es que quienes se están lucrando también son consumidores, o sea, se lucran por envenenarse ellos mismos. Sin embargo, la industria farmacéutica goza de enormes beneficios y de una gran influencia en el sistema legal y político.

Los medicamentos más usados solo sirven para paliar los síntomas de la enfermedad originada por una deficiente alimentación y los malos hábitos de vida en general, jamás para atajar sus causas, algo que sería propio solamente de una alimentación natural libre de nocividad y hábitos de vida preindustriales. Además, normalmente los medicamentos dejan una gran cantidad de efectos secundarios en el resto de zonas no afectadas por la enfermedad, que a la larga pueden provocar otro tipo de trastornos que requerirán otro tipo de medicamentos.

Por otra parte, al igual que los productos destinados a la alimentación, muchos de los medicamentos recetados tienen un alto grado de adicción en los pacientes que le hacen depender de él incluso cuando no los necesita, favoreciendo el efecto placebo que ataca directamente a la mente y logrando una adicional suma de beneficios.

A todo esto contribuye una creencia popular sesgada que se ha instaurado en las sociedades modernas y que se traduce en una confianza ciega en la medicina convencional, tan alejada de la medicina natural basada en la prevención de la enfermedad mediante la alimentación natural y hábitos de vida no industriales, practicada tradicionalmente en las poblaciones rurales tan cercanas al medio natural y al saber curar mediante las plantas. Al mismo tiempo esta confianza ciega conlleva el rechazo, escepticismo e incluso el desprecio mediante burla de la medicina tradicional y naturista. Pero el tiempo pondrá cada cosa en su lugar.


Nocividad por consumo de sustancias tóxicas

La adicción a otras sustancias no alimenticias comúnmente llamadas drogas roza lo absurdo de una sociedad ya de por sí absurda. No entraremos aquí en el debate manido de si deben ser legales o no, pues queda demostrado que la legalidad de una sustancia cualquiera apta de ser ingerida por el ser humano no tiene porqué tener relación con su grado de adicción o toxicidad, de hecho hay productos alimenticios legales más adictivos y dañinos para el organismo que otros consideradas drogas ilegales, o peor aún, drogas sintetizadas legales como el tabaco que provocan más muertes que otras no legales como la cocaína. Esto no quita que las drogas ilegales no sean dañinas. El problema es que toda forma de droga legal o ilegal consumida mayoritariamente ha sido adulterada, ya no tiene apenas nada de sustancia natural, consiguiendo con esto que su consumo provoque daños a menudo irreversibles en el organismo.

El tabaco es quizás el mejor ejemplo del absurdo pues a pesar de que probablemente haya descendido su consumo por la guerra antitabaco de los últimos años, sigue aún siendo muy alto entre la población y entre los jóvenes, más vulnerables a engancharse. El tabaco tiene todos los aspectos que puedan asociarse a la nocividad: es una droga totalmente adulterada, su consumo es antinatural e innecesario para el organismo, empieza en edades muy tempranas, su consumo es legal y está visto como normal -hace apenas unas décadas hasta estaba bien visto y era signo de status social- y sin embargo es la droga más consumida en el mundo y la que más enfermedades y muertes causa.

La cocaína es otro ejemplo de droga adulterada cuyo consumo vía nasal es antinatural e innecesario para el organismo y cuyos efectos son quizás más dañinos a corto plazo que el tabaco, pero sin embargo ni por asomo es tan consumida por tanta gente ni su consumo está bien visto ni es normal. Se puede ver a cualquier persona fumando en la calle como algo normal pero a nadie se le ocurriría esnifar una raya de cocaína en el mismo lugar; el estado hace campañas contra el consumo de cocaína pero no contra el consumo del tabaco ya que tiene la potestad absoluta de considerar bajo interés económico qué drogas deben ser legales y cuáles no.

En cuanto al alcohol es más difícil saber o dilucidar si su consumo es antinatural, ya que el proceso de fermentación de ciertas frutas o verduras es algo natural. Probablemente tenga que ver más con la dosis que se ingiere pues su consumo oral está asociado al consumo de líquido normal que el organismo necesita y en dosis pequeñas podría resultar hasta beneficioso. El problema es cuando crea adicción pues sus efectos son desastrosos y muchas veces mortales. Con todo, su consumo no está tan generalizado como el tabaco y en ciertos ambientes o circunstancias está totalmente desaconsejado e incluso prohibido por los rápidos efectos que provoca en el comportamiento.

Del resto de drogas sintéticas utilizadas mayoritariamente entre la población más juvenil, por tanto más inconsciente e inmadura, cabe poco más que añadir, salvo que quizás su estado de prohibición rodea a su consumo de un misterio aún más atrayente para el joven más vulnerable, que muchas veces las toma como forma de buscar sensaciones nuevas que le aporten una vía de escape a la nefasta rutina en que se va transformando su vida de adolescente.


Nocividad tecnológica

De entre todas las formas de nocividad esta es con seguridad la más dañina por ser la menos aparente para casi nadie, de hecho muchas personas que ahora se empiezan a preocupar por su alimentación o la del planeta apenas invierten tiempo en analizar su dependencia con los medios tecnológicos domésticos que más nos invaden como el teléfono móvil, el ordenador, el coche o la televisión; y este es el gran peligro de la tecnología: la creencia de que carece de nocividad alguna, tal es su inserción en la idea arraigada del progreso, tanto que podría afirmarse que la tecnología es el motor del progreso, es el mejor indicador de que el progreso funciona y marcha a todo tren y es quizás la mejor forma de atraer a la gente hacia esta creencia. El efecto más negativo de la tecnología es que afecta exclusivamente a los aspectos superficiales de la mente y nunca a los aspectos espirituales. El resultado es que el ser humano moderno llena su gran vacío espiritual con superficialidad tecnológica.

Los nuevos adoradores de la tecnología también están siendo inconscientes al desdeñar los riesgos que supone para la vida humana y la del planeta. Ya no solo se trata de los efectos físicos que numerosos aunque silenciados estudios han probado que crean ciertos aparatos tecnológicos al organismo: efectos y cambios en el funcionamiento del cerebro, efectos negativos en la vista, pérdida de audición, contaminación electromagnéticas por ondas, relación con diversas formas de cáncer, etc.; tampoco se trata solamente de los efectos psicológicos: adicción, depresión, envidias por no tener el aparato del vecino, etc. Se trata fundamentalmente de las transformaciones vertiginosas que se derivan directamente de la aparición de nuevos aparatos o nuevas aplicaciones exclusivamente tecnológicas, su omnipresencia en todos los ámbitos de la vida, incluso en aquellos colectivos que se manifiestan supuestamente detractores del sistema. La tecnología precisa que todo sea artificial y a la vez antinatural, y hoy por hoy precisa al cien por cien de materiales para su fabricación que provienen del medio natural mediante formas de explotación humana y el exterminio de miles de individuos de otras especies, hasta tal punto que las empresas dedicadas a la comunicación viven de ello.

Pero quizás la parte más nociva de la tecnología es el riesgo y el peligro impredecible que encierra su potencial mediante nuevas formas tecnológicas futuristas como la robótica, la nanotecnología o la biotecnología, tan atrayentes para los técnicos y científicos como la droga para el drogadicto. Dada la velocidad cada vez mayor que imprime este fenómeno fuera de control, en poco tiempo podría revolucionar de forma definitiva la vida humana y acabar con toda esencia de vida tradicional y cercana a la naturaleza que durante muchísimo más tiempo ha predominado en la especie humana. De hecho, la novedad de la tecnología moderna supone tan solo una mota de polvo en relación a la historia de la evolución humana.

12 de junio de 2016

La abolición de la esclavitud animal es una lucha ideológica y social

A menudo mucha gente cree que dejar de comer animales o de usarlos en general para nuestro beneficio se trata de una opción personal que cada persona elige en su vida. Esto sería como si hace siglos dejar de comprar esclavos para beneficio de los amos también fuera una elección personal. Evidentemente se trata de un grave error, ya que usar a un ser vivo, sea animal o humano en beneficio propio, es un acto de violencia que se agrava más en el contexto en que vivimos por haber sido llevada al extremo de la esclavitud y el holocausto. En este caso como en muchos otros no tiene importancia cómo y porqué se ha llegado a esto, sino el hecho mismo de que se ha llegado y peor aún el hecho de que la mayoría de humanos permite e incluso apoya que los animales tengan que ser esclavizados para su beneficio. Cierto es que muchos animales humanos también siguen siendo esclavos aún a pesar de que ya hace tiempo que supuestamente se abolió la esclavitud humana, pero dado que ningún occidental considera que esclavizar humanos sea hoy una opción personal, dejaremos este hecho al margen de la otra creencia que ahora nos atañe.

La creencia basada en “dejar de usar animales es una opción personal” se cimenta fundamentalmente en el antropocentrismo reinante, la ideología que defiende históricamente  la inferioridad de los animales en relación a los humanos o dicho de otro modo igual de correcto: la ideología que defiende el abuso del fuerte sobre el débil, o del semejante frente al diferente. Quienes deciden rebelarse ante esta creencia imperante practicando y propagando un estilo de vida que pretende abstenerse de usar animales, llamado veganismo, fueron al principio extraños y sectarios -como los primeros abolicionistas de esclavos humanos-, para más adelante hacerse oír en diversos ámbitos difundiendo además sus argumentos, llegando cada vez a más personas. Entonces la gente ya no ve al vegano como un extraño, sino alguien a respetar, no solo por sus razonamientos éticos y ecológicos sino por los referentes a la salud humana, avalados por cada vez más nutricionistas que recomiendan una dieta eminentemente vegetariana en detrimento de la carne.

Hasta ahí bien, porque si antes los carnistas podían ridiculizar al vegetariano mediante bromas macabras o anuncios perversos, ahora hacerlo ya no está bien visto y como mucho los más fanáticos y acérrimos de la carne se dedican a desacreditar a los veganos tachándolos a su vez de fanáticos. Con todo, poco tienen que temer, ya que al parecer ha calado hondo en la sociedad el hecho de que hacerse vegetariano o vegano es una opción personal como el que decide vestir de una determinada forma, practicar cualquier deporte, dejar de fumar o beber, etc.

Evidentemente “elegir la opción” de seguir comiendo animales sabiendo que con ello se está contribuyendo al sufrimiento perpetuo de miles de millones de ellos en el mundo, es un acto susceptible de crítica y condena que además se agrava por los restantes efectos no solo éticos que se derivan del consumo de animales en general como la salud o el medioambiente (principalmente en el ámbito de la alimentación, que supone la inmensa mayoría del consumo).


Por desgracia cierta tendencia condescendiente por parte de quienes defienden a los animales ha ayudado en buena parte a que se refuerce la creencia de la opción personal. Esto es porque en el movimiento por los derechos de los animales se ha dado últimamente más importancia a cuestiones referentes a los cambios de hábitos (es decir, cuestiones eminentemente prácticas) que a cuestiones ideológicas y sociales. En estos ambientes se habla más de veganismo que de abolición o esclavitud y lo que ha entendido mayoritariamente el público receptor es que el veganismo es una opción personal además de respetable, deduciendo a la vez que consumir animales (y usarlos en general) también debe de serlo, o dicho de igual modo, consentir que se esclavicen, asesinen y torturen animales para nuestro beneficio es una opción personal tan respetable como la decisión de rechazar estas acciones. Para los carnistas ambas elecciones son válidas. Pero, ¿son igual de éticas? Obviamente no.

Por el contrario, el mensaje debe ser tajante: la abolición de la esclavitud animal debe estar por encima de cualquier referencia de cambio en los hábitos cotidianos, a pesar de que en la práctica existe una relación evidente. La lucha por la abolición de la esclavitud animal está en el mismo orden de cosas que lo estuvo antes la abolición de la esclavitud humana, o el cuestionamiento del patriarcado, es decir, son luchas que plantean un problema de relación social entre miembros de una sociedad, máxime cuando dicha sociedad parece caminar hacia la justicia social y la solidaridad para con los desfavorecidos. (Sin embargo, debe decirse que las sociedades de masas eminentemente industriales presentan problemas de tipo estructural que continuamente propician un contexto de desigualdad e injusticia a nivel global entre los humanos -mucho menos el cuestionamiento moral de seguir consumiendo animales a pesar de que para ello se les deba esclavizar y someter a un sufrimiento continuo- y que por otra parte dichas relaciones basadas en un sistema económico de competencia y crecimiento ilimitado además provocan daños medioambientales irrecuperables y el más que probable agotamiento de los recursos naturales). Solamente cuando una parte de la sociedad cambia determinantemente sus ideas en base a algo y en consecuencia sus hábitos de vida, entonces la industria cede y se amolda a dichos cambios en único interés del beneficio económico.

El problema reside probablemente en la consideración que todavía se tiene de ciertos animales como meros recursos a los que se les puede explotar sin que se encuentre ningún dilema moral al hacerlo. En efecto, a todos nos educaron para creer firmemente en esto. Pero es precisamente esta cuestión la que debe empezar a cambiar y solamente puede hacerse cambiando radicalmente la idea general de dicha creencia, es decir, desmintiendo que los animales son recursos sino vidas sometidas a un régimen de esclavitud y como tal solo vale la abolición de dicho régimen. No vale tampoco contentarse con aceptar fórmulas de esclavizarlos menos o que se haga de una forma menos cruel como reclaman algunos llamados bienestaristas -ningún humano que se hallara en condiciones de esclavitud aceptaría ningún trato sobre su libertad física-.  Esto debe hacerse por tanto presentándolo como un problema moral al mismo tiempo que social, pero nunca como una opción personal recomendable. Debe entenderse a la vez que esto se reduce únicamente al mensaje a difundir, porque obviamente existirá una relación práctica y directa entre sumarse a la abolición y abstenerse de usar animales -incluido el acto de comerlos-. Pero el mensaje general a la sociedad debe ser claro: abolición de la esclavitud humana sin ambages ni rodeos para que nadie pueda entender que se trata de una opción personal.

Como ya hemos dicho tampoco valen mensajes de bienestarismo o regulación de las leyes para modificar las condiciones de los animales, sobre todo por dos razones: la primera es la duda de que estratégicamente resulte a la larga favorable para los animales; si bien algunos defenderían esto como un camino hacia la abolición podría bien tener el efecto contrario, pues hay que tener en cuenta que mientras se sigan explotando animales para alimentar a una sociedad de masas, estos siempre serán considerados como recursos de la industria y por muchas leyes que se modifiquen dichos recursos obedecerán solamente a las leyes del mercado, los animales seguirán siendo recursos. La segunda es que si efectivamente existiera un método para tener a todos los animales en condiciones supuestamente felices y en libertad pastando por el campo, esto no sería viable para alimentar a millones de humanos, a menos que hubieran reducido al mínimo sus raciones de carne, en cuyo caso no sería un negocio rentable ni siquiera para la ganadería extensiva y dicha práctica dejaría de tener sentido.  

Evidentemente, siempre habrá una enorme cantidad de carnistas que entiendan esto como una imposición, pero eso debería de importar menos, pues también había multitud de esclavistas blancos que se opusieron a los primeros abolicionistas y los tildaron de locos. Lo que se trata es de hacer ver que usar animales como recursos no debe ser en ningún caso una opción personal, sino más bien un problema a resolver por todos y cada uno de los humanos que contribuimos a ello. Al mismo tiempo hay que hacer ver que es un problema que tendría una simple solución: la abstención de consumir animales y para ello habría que desmentir los mitos extendidos, aduciendo que nadie se ha muerto por dejar de comer carne ni siquiera ha enfermado, es más, en general todo el que deja la carne y se hace vegetariano o vegano mejora su salud y que eso sí, debería hacerse mejor de forma gradual, pero con voluntad para colaborar.

29 de abril de 2016

Contribución de las redes sociales a la idiotización de las masas

Dentro del inconmensurable mundo de internet, especial atención han ganado en los últimos años las llamadas redes sociales, un lugar de encuentro obligado al que acceden millones de personas cada segundo y en el que si no estás presente eres un extraño, un bicho raro, pero que apenas merece ser tenido en cuenta, tal es la psicosis que se ha creado con este lugar virtual para comunicarse, para colgar noticias, para juzgar a otros, para decir chorradas continuamente, para estar a la última, para creer que protagonizas algo y para muchas cosas más, entre otras, para que las empresas sepan más de ti y puedan por tanto mejorar sus estudios de cómo hacer que consumas más, y para la policía, que tendrá los datos de todas las personas que se adhieren y aun en el caso de que desactiven su cuenta, ya que quedan registrados. Pero al parecer esto último a la gente le da igual, pues es más importante creer que intervienes en algo o que eres protagonista cuando todo es tan grande que el hecho de que cada vez se conceda menos importancia a nuestra necesidad de libertad verdadera.

El primer despropósito de las redes sociales y en general de internet es una confirmación, la de que el sistema está venciendo sobre las mentes de las personas y sobre su naturaleza más ancestral, moldeándola a su interés. Las redes sociales -e internet en general- no son ningún invento de las masas para cambiar nada, ni democratizar, ni recuperar la libertad perdida. Han sido creadas, al igual que lo fue la televisión, por el propio sistema para su mejora y perfección y amén que lo está consiguiendo. Con su proliferación, la comunicación por medios tecnológicos ha transformado radicalmente en pocos años la comunicación tradicional y además la ha superado claramente. Esto propiciará un aislamiento de las personas en los siguientes años ideal para el desarrollo del sistema, que solo necesita que los humanos sean más máquinas que humanos, responsables trabajadores e incipientes consumistas, que valoren por encima de todo su bienestar y que no piensen por sí mismos, aunque el ambiente que les rodee les haga creer que sí lo hacen.

Con esto último tiene que ver el segundo despropósito de las redes sociales en contra de la libertad del individuo: al parecer han difundido la impresión general de que son lugares que fomentan la democracia, la unión  e incluso la solidaridad entre la gente. Evidentemente, todo esto son engaños en los que se ha caído irremediablemente aprovechando que las redes sociales han sido creadas en un ambiente de progresismo tecnológico reverenciado por todos sus adeptos. La ideología del progreso es el motor del sistema y la mejor trampa que se ha urdido jamás en la historia de la humanidad y las redes sociales están muy bien encuadradas en ella pues en primer lugar necesitan de un ordenador para su uso, aparato que se debe renovar cada poco tiempo, por lo tanto demanda un consumo mayor en tanto que cada vez hay más personas en el mundo. La fabricación de ordenadores está enmarcada en un proceso de extracción de minerales costoso y penoso para millones de personas incluidas niños, que son esclavizados en minas para su obtención, que además ha causado guerras sangrientas por su comercio y que además ha supuesto la destrucción masiva de ecosistemas enteros con la muerte de millones de animales que vivían en ellos. Por lo tanto, calificar esta forma de comunicación tan dependiente de los recursos como una forma solidaria o democrática es una cuestión frívola en el mejor de los casos y perversa en el peor de ellos.

Pero al margen de la comunicación en sí misma y del medio físico que la hace posible, las redes sociales confirman que las masas tienden a ser cada vez más irracionales e irreflexivas, haciendo seguidismo enfermizo de los patrones establecidos, de las modas y de las nuevas tendencias sensacionalistas. Uno de esos patrones es el pertinente afán de reconocimiento que han encontrado un gran número de personas creando espacios propios para difundir cualquier cosa en donde la mayoría son meras formas de superficialidad y solo unos pocos contribuyen a crear reflexión y crítica. Aquí no solo hablamos de las redes sociales propias como FB, TW o demás estercoleros virtuales, sino también los canales de Youtube, blogs y otros. Esto no solo refuerza la idea de que internet permite a uno decir lo que le entre en gana, sino de que le otorga a mucha gente la idea -real o no- de que lo que hace o dice es importante.

Puesto que el mundo de la televisión solo se hizo apta para unos cuantos profesionales que pudieron, más o menos dignamente, vivir de ella, faltaba un lugar como internet para que todo el mundo pudiera hacer realidad sus sueños de llegar a ser importante o resultar interesante, al menos durante un tiempo, y al igual que en la televisión, cuántas más chorradas hagas o digas, más te seguirán. Incluso de esta forma, algunos han encontrado un filón económico del que nada tienen que envidiar a los susodichos profesionales de la caja tonta, pues también se aprovechan de la publicidad para ganar dinero a espuertas. Youtube es sin duda el lugar más recurrido para que millones de personas abran su espacio favorito dándose a conocer en sus vídeos, porque al fin y al cabo para eso fue creado este canal que recibe tantas visitas a lo largo del día y que resultan imposible de cuantificar, un canal que se distingue ante todo por su carácter visual.

Los blogs son otro medio de expresión muy recurrido -a pesar de que prima el lenguaje escrito-, que también promueven el afán de reconocimiento, aunque están adscritos en gran medida al fenómeno de saturación de la información, -cualquiera podría decir que el que escribe este texto no escapa a ello, y así es reconocido, salvo en dos puntos: el que suscribe este blog es anónimo, luego no tiene ninguna intención de reconocimiento o protagonismo y dos, este blog es puramente reflexivo y crítico con todo lo que es susceptible de serlo y en especial con el proceso de sistema que mantiene atrapado a casi toda la humanidad-.

Pero centrándonos más en lo que son propiamente redes sociales creadas al uso, éstas han supuesto los puntos de referencia en donde la gente aprovecha el deseo enfermizo de acaparar cuanta más atención pueda mejor. Quienes lo diseñaron -y lo rediseñan- pusieron todas las bases para hacer efectivo el seguidismo de unos a otros, aunque en la mayoría de los casos no se conozcan de nada. Así, falsamente se atribuyen amigos a quienes no conocemos ni tampoco tenemos el deseo de hacerlo. Pero cuantos más “amigos” se acumulen más gente podrá ver los mensajes que se quieran lanzar, frases célebres, imágenes, vídeos o chorradas de todo tipo. También por lo visto se fundan grupos al cuál más absurdo o grotesco y por mi parte poco más puedo decir sobre el funcionamiento interno de esta pseudorrelación cibernética y ni falta que hace, porque el sentido está claro. Las redes sociales han creado una red de estúpidos adeptos del sistema para reunirlos a todos en un espacio virtual en el que puedan sentirse libres, importantes y hasta solidarios. 

Para finalizar queremos añadir que las redes sociales están amparadas por la ausencia total de crítica incluso entre corrientes o movimientos supuestamente antisistema, pero no se podía esperar otra cosa, ya que los llamados antisistema han ido acumulando y extendiendo en los últimos años un gran número de confusiones que les ha llevado a ser otra parte más del sistema con olor a rebeldía pero carente de coherencia, y que se ha fundido en una amalgama de pseudorrevolucionarios que nada aportan a la objetividad.

7 de marzo de 2016

La moral interesada

En nuestras relaciones directas con los animales que nos proporcionan beneficio, ya sea en forma de comida, vestido o espectáculo, la postura de la mayoría de las personas es la de “mejor no saber cómo son tratados”. Esto en el caso de que alguna vez sean cuestionados, porque la mayoría de la mayoría no lo serán nunca, es decir, nunca tendrán la oportunidad de saber cómo son tratados -o mejor decir mal tratados- los animales cuyas partes se comen a diario o se visten con ellas en ocasiones.

Pero la cuestión no está solamente en el desconocimiento, pues muchos de los que ya lo saben siguen comiéndoselos como si no pasara nada. Estaríamos hablando no solo de un problema de saber, sino de consciencia, de que aún sabiendo cómo son tratados de mal los animales, “no me importa, me los sigo comiendo”. Los argumentos al respecto los hay de todo tipo, pero ninguno exento de gran dosis de egoísmo: “la carne está muy buena, llevamos toda la vida comiéndola, hay muchos problemas más importantes que los animales, etc.” Lo contrario sería hacer un ejercicio de empatía: preocuparse por lo que siente el animal que nos creemos con el derecho de arrebatar la vida por cuestiones de superioridad y arrogancia. Sin embargo, para evitar este sentimiento contrario al egoísmo, la mayoría de la gente lo recurre con evasiones o desviaciones. Aquí juega un papel importante la doble moral que nos han enseñado desde niños los sometidos y engañados del sistema. Pero a mí me parece más acertado llamarle “moral interesada”.

Y es que este tipo de moral que tan dañinamente nos impone el sistema es aplicada por muchísima gente que es incapaz de verla y reconocerla. Supone un gran problema no solo en las relaciones directas con los animales que nos sirven de beneficio, sino también en otros ámbitos de la vida que implican cuestiones morales. Si hablamos en primer lugar de los animales es porque es el caso más flagrante de moral interesada, ya que en este caso el sistema se ha tenido que esforzar en gran medida en el último siglo para hacer que los consumidores de animales puedan salir del paso usando la doble moral en sus argumentaciones y que dicha moral pueda resultar válida e incluso ser aceptada dentro de una ideología o sistema de valores, tal es el poder del sistema. Respecto a otro tipo de discriminaciones dentro del ámbito humano, tales como discriminaciones raciales o sexuales, todavía hoy se siguen dando posturas que se excusan en la doble moral, pero el sistema ha sabido adaptarse y ya son señaladas como formas reprobables.

Sin embargo nadie que viva dentro del sistema puede definirse como persona absolutamente moral, pues esta no solo es aplicable según la teoría, sino también en igual medida de la práctica. Esto significa que la moral teórica no sirve de nada sin la moral práctica, y de hecho, ésta última sería la más importante ya que es la que realmente ejecuta el acto en último término. A pesar de que pueda ser un caso raro, alguien puede practicar una moral de no discriminación y de respeto para con todos los que viven a su alrededor y en cambio tener ideas contrarias a ello, es decir, ser partidario del uso de la violencia y la discriminación por cualquier motivo. El caso más común es al contrario, la mayoría de las personas tienen ideas repulsivas contra el empleo de la violencia y contra la discriminación por motivos cuales fuera -o al menos así lo manifestarían si fueran cuestionados-, mientras que sus hábitos sociales les obligan no a ejercer directamente ellos la violencia ni la discriminación sino a permitir e incluso justificar que otros lo hagan por él, lo que hace que millones de seres sigan siendo esclavizados. En el trato hacia los animales esto está a la orden del día, pero también como veremos en el que se le da aún a muchos seres humanos que han nacido en zonas empobrecidas o conflictivas.

La discordancia entre la moral teórica y la moral práctica que impone el sistema de vida pulido por la modernidad no es más que una falta de coherencia entre nuestras ideas y nuestros actos. Lo que viene a afirmar que la moral y la coherencia son dos conceptos que o van de la mano por fuerza o no sirven para nada. Si la moral teórica nos enseña el modo en que debemos vivir respetando a los otros, la coherencia -o moral práctica - hace que estas ideas puedan materializarse. En el actual modo de vida impuesto por un sistema de valores difusos hay una discordancia absoluta entre lo que la mayoría de la gente piensa y lo que hace -o el resultado de lo que hace-. Por eso y otras cosas, este sistema social es reprobable e inmoral.

El problema de todo esto es que el sistema no permite a ninguno de sus miembros aplicar la coherencia moral absoluta -si es que esta es posible para el ser humano social y cultural-, incluso a aquellos que se erigen en la vanguardia de la lucha contra la discriminación y la violencia: aquellas personas con más conciencia que se esfuerzan en dar argumentos sólidos al resto, tal es el ejemplo del movimiento por los derechos animales o movimiento antiespecista (ambos términos son utilizados). Si bien estas personas han conseguido un nivel de coherencia bastante elevado dado que sus ideas antiespecistas precisamente defienden la no discriminación hacia todos los animales que no sean de la especie humana, de la misma forma que el antirracismo o el antisexismo (ampliamente aceptado hoy en día en la sociedad moderna), no puede admitirse que estas personas que además suelen llamarse veganas puedan ser absolutamente coherentes con sus ideas por el hecho de vivir en el sistema y tener que alimentarse de él.

Por eso, incluso hasta los veganos no pueden afirmar ser coherentes en sus ideas, pues aunque hayan dejado de contribuir a que se sigan esclavizando animales en granjas, circos o festejos de todo tipo donde se torturan animales, aún siguen usando y consumiendo coches, móviles y ordenadores, aparatos cuyo sistema complejo de fabricación permite y necesita que otros tantos millones de individuos tanto humanos como no humanos sean exterminados, desplazados y asesinados para ello. Por supuesto, no es este el lugar para extenderse en cómo funciona este proceso, pero la devastación natural por parte del ser humano es una prueba más que suficiente para afirmarlo. Podría objetarse “¿qué culpa tienen los individuos que han nacido y han sido educados para esta forma de vida?” Y podría responderse con total justificación que ninguna, pero esto no nos exime de ella, aunque sería más correcto afirmar que el sistema nos hace culpables y nos empuja constantemente a practicar la moral interesada. Admitir esto es importante porque nos hace ver con claridad lo negativo del sistema en cuanto a su contribución para la moral interesada o que las personas actúen siempre con doble moral.

El mayor de los problemas es que el sistema jamás podrá hacer que seamos absolutamente morales ya que fomenta constantemente la moral interesada entre sus miembros, tanto que es su razón de ser y así lo ha demostrado la historia de los movimientos contra la discriminación de todo tipo incluida la discriminación especista. El sistema puede adaptarse y hacer que el acto de superioridad del hombre sobre la mujer antes fuera  normal mientras que ahora es absolutamente reprobable. Con ello las mujeres han logrado después de años de lucha una cierta igualdad con los hombres en muchos aspectos sociales y laborales, pero tanto para lo bueno como para lo malo, lo que significa que ha sido más una lucha de igualación que de liberación, aunque esto sería otra cuestión. De una manera similar el movimiento contra el racismo y la xenofobia ha logrado al menos el respeto no total pero en gran parte de muchas personas que antes eran excluidas por su color de la piel. Y esto demuestra que el sistema puede adaptarse a los cambios que demanda la sociedad pero estableciendo para ello su nuevo código moral.

En la historia también se ha demostrado a su vez que los diferentes modos de vida sociales han tenido que imponer su propio código moral cambiante a medida que cambiaban las costumbres sociales y en este código ha desempeñado un papel crucial la moral interesada, sin la cual muchos de los supuestos avances culturales y/o técnicos no se podrían haber realizado y posiblemente no estaríamos como estamos. ¿Significa esto que cuanto más compleja es una sociedad menos relevancia tiene la verdadera moral? Por ejemplo, el hecho de que el ser humano se diera cuenta de forma gradual de que era mejor domesticar animales que cazarlos -o al menos menos peligroso- hizo que la ganadería -y también la agricultura- fueran posible y por tanto formas de vida sedentarias; que después se dieron cuenta de que la agricultura  alimentaba a mucha más gente y esto hacía aumentar el grupo es algo que se cae por su propio peso. Pero cuanto más se avanzaba en este sentido más se perdía en actos de moral y es que aquellas personas -al igual que muchas de hoy- no se planteaban sobre la voluntad del propio animal que decidían matar o criar. Nada se puede reprochar a individuos que solo se guiaban por cuestiones de subsistencia y adaptación.

Ahora, tras diez mil años de aquellas épocas ya lejanas pero cruciales en nuestra evolución, se quiere volver a rescatar la verdadera moral, reprimida en muchas almas, sin darnos cuenta de que ésta no puede ser sino una ilusión, una utopía o incluso una cuestión frívola. La moral verdadera es simplemente incompatible con una sociedad sistematizada que ha demostrado ser incapaz de vivir acorde al medio físico que le rodea, una sociedad que se empeña en vivir al margen y a costa de dicho medio y de las formas de vida que lo componen.

Porque, ¿cómo se puede aspirar a practicar una moral verdadera en sociedades que se aprovechan de otras, que las invaden, las transforman, las desplazan o exterminan? ¿cómo se puede esperar que la moral se imponga en una sociedad que desarrolla formas de vida parasitarias y destructivas en el medio físico que le rodea? ¿cómo se puede esperar que llegue una forma de moral verdadera en una sociedad que no reconoce estos hechos, que los niega y los desprecia? y finalmente, ¿cómo se puede esperar la moral verdadera en una sociedad que se engaña a sí misma permitiendo y fomentando la nocividad entre sus individuos? No se puede esperar nada de esto mientras continúe este modo de vida y todo intento de mejora o cambio no son más que vagas y falsas expectativas que refuerzan la única forma deformada de moral, la moral interesada.

20 de enero de 2016

Las víctimas de la civilización

Constantemente los medios de comunicación oficiales nos meten en la sesera la inmensidad de adelantos tecnológicos que ha traído el progreso con la era industrial, mientras las grandes marcas multinacionales nos engañan con falsas campañas de publicidad diciéndonos que sus productos son los mejores; constantemente los políticos nos hablan de democracia como el valor más elevado de cualquier sociedad avanzada y del que se debe dar ejemplo mientras el izquierdismo nos habla de que debemos progresar en el ámbito moral, aún cuando casi siempre lo hacen de forma interesada. Todos ellos y muchos otros encargados de repetir monsergas a la masa coinciden en encumbrar a la vida civilizada y el progreso como la mejor forma de vida a la que puede aspirar cualquier sociedad humana. Aducen que en la pirámide de la evolución, la vida civilizada y el progreso son la meta más alta jamás lograda.

Sin embargo, estos individuos no hablan de los estragos de la vida civilizada, de las fatales consecuencias que ha dejado en el pasado, de las que continúa dejando en el presente y de las que irremediablemente seguirá dejando en el futuro. Por desgracia, estos estragos son infinitamente más numerosos que todos los supuestos adelantos que ha traído la vida civilizada. Pero este no es el momento para desmontar los mitos de la civilización, a pesar de que en este espacio ya se han desmontado unos cuantos. Al contrario de ello, en este escrito haremos un repaso en forma de recordatorio y homenaje a todas aquellas víctimas verdaderas de la civilización y de las que el mundo de los humanos se ha olvidado por completo en pos de su mundo de arrogancia y derroche.

Desde que la civilización de la especie humana comenzó su andadura extendiéndose a través de los años, millones de seres vivos, incluidos los propios seres humanos, han sucumbido a su poder. Probablemente las primeras víctimas fueron no humanas, cuando la domesticación de animales y plantas se hizo realidad, lo que fue un proceso de anulación de la naturaleza de las especies de animales más propensas a ser domesticadas y que duró miles de años. Animales que vivían salvajes y en libertad en la naturaleza fueron sometidos al potencial que desplegaba la inteligencia humana, pues ya en los albores de la dominación, ésta empezaba a pensar en términos de aprovechamiento y eficacia.

Pero este modo de pensar ya había aparecido antes con la especialización de la caza por numerosos grupos precivilizados que ya habían contribuido a mermar un buen número de especies animales, lo que motivó el primer periodo de escasez. Sin duda, esta fue una de las primeras formas de invasión natural; la vida sedentaria, la agricultura y la ganadería lo fue de un modo más vasto, pues a su vez este cambio propició un aumento poblacional y este a su vez una mayor interacción entre grupos humanos que entraban en guerras continuas por la conquista de tierras y recursos. De estas guerras se inventó el crimen de la esclavitud entre los propios humanos invasores, que tampoco tuvieron ningún pudor, como hicieron con animales indefensos, a la hora de someter a sus propios semejantes.  

A partir de aquí, algunos humanos adquieren más poder, mayores propiedades, levantando ciudades e imperios que daban cabida a más personas sometidas y esclavizadas. No hace falta decir que cuanto más grande se hace el poder, cuanta más tierra abarca, más necesidades demanda y por tanto mayor es la intrusión natural, pues mayores recursos de plantas y animales necesita. Pero además, este creciente modo de vida humano se mueve en una continua evolución que provee de mejores técnicas en el modo de vida desarrollando el potencial de la inteligencia y esto a su vez acarrea de nuevo un número de población mayor, mejores técnicas de sometimiento entre los grupos de poder y los súbditos y mayor necesidad de recursos para cubrir las necesidades crecientes de todo el conjunto.

Pero mientras la historia oficial solamente cuenta con detalle los hechos de cómo se ha llegado a formar la civilización humana, justificando la mayoría de las veces cada acontecimiento como un avance de la humanidad hacia el progreso, la mayoría de acontecimientos perpetrados por la civilización contra la naturaleza son ignorados, silenciados y en muchos otros casos desmentidos. Crímenes contra el mundo natural que se llevan perpetrando durante milenios, condenando al exterminio a millones de animales, destruyendo sus ecosistemas, su modo de vida independiente de la humanidad. Nadie en la historia levantó la voz para denunciar estas agresiones continuas que se pueden contar por millones y que no aparecen en ningún libro de historia. El mundo de los humanos estaba muy ocupado en conocer, inventar y crecer sin preguntarse las consecuencias de todos estos actos de los que nadie quiere sentirse culpable pero de los que realmente todos lo son.

La era industrial y tecnológica, que potenciaba por seis todas las cosas humanas multiplicables, no solo no ayudó en nada, sino que contribuyó a acrecentar las agresiones físicas a la naturaleza, añadiendo además nuevas formas de destructividad y estrechando cada vez más el hábitat de los animales salvajes que morían en incendios provocados por humanos en sus bosques, cruzando carreteras que limitaban sus trayectos o envenenados en sus aguas contaminadas. Así, muchos de estos animales salvajes que vivían en plena libertad perecieron en bosques, praderas y campos que fueron arrasados para extender monopolios de cultivo; otros animales marinos que fueron y son atrapados a millones en los océanos, y animales terrestres capturados para ser convertidos en domésticos con el fin de servir de alimento, vestido o para el divertimento de la masa engañada. Nada de esto aparece en los libros de historia si no es de forma arrogante o autojustificatoria. Veamos muy resumidos algunos ejemplos de tantos:

Las miles de muertes deliberadas que ocurren a diario en los campos de concentración de animales son sin duda mucho más horrendas que cualquier otra época del pasado, pues si antiguamente muchos de los animales que morían a manos humanas eran cazados para comer, al menos lo hacían en libertad y por una causa de supervivencia; incluso los primeros en ser domesticados puede decirse que llevaban una buena vida hasta que caían bajo el cuchillo de su amo, pero con el advenimiento de la era industrial y urbana, el régimen esclavista que padecen hoy miles de millones de animales es el resultado de una abominación fatal carente de ningún tipo de compasión y empatía por quienes desde siempre han compartido nuestra tierra. El cambio brutal y a peor acaecido en el trato a los animales domesticados desde los albores de la civilización hasta la llegada de las máquinas nos demuestra hasta qué punto llega a ser arrogante la especie que domina, relegando al olvido a millones de animales por el supuesto beneficio de la humanidad, o peor aún, del progreso.

Al margen de las muertes sistematizadas de la ganadería industrial, miles de animales pierden su vida y su libertad por culpa de los actos cotidianos de miles de humanos; muchos, destrozados por el paso vertiginoso de los coches en carreteras que han sido construidas en lo que era la morada del conejo, el ciervo o el jabalí, mientras sus tripas y demás desechos corpóreos ya triturados son contemplados con indiferencia por la mayoría que pasa una y otra vez por encima; crímenes -no accidentes- que ocurren a diario, que no salen en ningún telediario y que son vistos todo lo más como un mal necesario; pero, ¿necesario para qué? ¿para cubrir nuestras ansias de ir más rápido a todos los sitios?

Pero igual que la invasión dramática del tráfico de vehículos destrozavidas en los hábitats de animales salvajes, otros muchos caen por la propia extensión de la industria y de las ciudades, que de forma arrogante han invadido los territorios que eran suyos, por los que podían transitar con plena libertad. Pero incluso después de haber sido desplazados a territorios lejos de las ciudades, con el tiempo, la extensión de éstas les ha ido desplazando o limitando más aún hasta el punto de que muchos ya no han podido sobrevivir. Muchos de esos desplazamientos han sido la consecuencia del fuego perpetrado por el propio humano para extender los núcleos urbanos, acabando no solo con los árboles sino con cientos de formas de vida que habitan gracias a ellos. En esta misma realidad de avance tecnológico, hasta hace bien poco los animales que más libertad gozaban y que supuestamente no podían ser alcanzados por la demencia humana, las aves, han visto como miles de ellas han caído en sus vuelos por culpa de las aspas de los parques eólicos, otro drama silenciado y que además es promovido como una energía limpia y ecológica -por supuesto desde una perspectiva únicamente humana-.

En el reino vegetal ha habido todavía menos escrúpulos a la hora de arrasar con violencia e indiferencia miles de hectáreas de terreno, cuyo objeto ha sido el de incrementar los monocultivos: la deforestación a nivel mundial representa una de las mayores agresiones al mundo natural perpetradas jamás en la historia de la humanidad. Millones de árboles han sido talados indiscriminadamente en todo el planeta para convertir el bosque en tierra cultivable, ya sea para humanos o ganado y ya de paso para extraer madera y papel. Pero, ¿cuánta vida se ha perdido por culpa de estas conversiones trágicas e insensatas? Los bosques no son solamente lugares donde moran árboles, son lugares ricos en vida orgánica tanto vegetal como animal, cuya función es imprescindible para el buen desarrollo y equilibrio del ecosistema que sustentan. Y lo más triste es que ahora nos damos cuenta de que incluso los ecosistemas que forman los bosques son vitales para el devenir del planeta y por tanto de todos sus seres, incluidos los humanos. El destrozo de miles de hectáreas de estas enormes superficies en nombre del progreso es otro de los crímenes silenciados por la humanidad.  

Pero una buena parte de la población humana también ha sufrido y sufre las consecuencias dramáticas del avance industrial, ya que aún hoy millones de humanos son esclavizados y asesinados en guerras, “necesarias” para la extracción de recursos que necesita el mundo civilizado opulento. También debemos recordar todas aquellas comunidades indígenas que se resistieron a aceptar el mundo invasivo civilizado, pero que finalmente fueron forzados a la adaptación, mientras que si la resistencia era tenaz y molesta para el colonizador, eran desplazados o exterminados. Aún hoy perviven y resisten cada vez menos grupos tribales en América y África, amenazados por el avance irremisible de la civilización. Por supuesto, tampoco esto suele aparecer en ningún libro de historia oficial ni en los telediarios, si no es para justificar la versión del invasor.

En el presente de la atracción tecnológica y de la postración a las máquinas, la masa de humanos civilizados parece justificarse cada vez más en la arrogancia sin querer saber nada de las verdaderas víctimas que trae consigo este proceder carente de sentido, pues hoy más que nunca demandan más recursos de todo tipo, y peor aún, más humanos nacen y se suman al consumismo irracional. Y para justificarlo, los grupos de poder se encargan de engañar a la mayoría consumista mediante técnicas de persuasión haciéndolos creer que todos sus actos son inocentes y libres de cualquier crimen, y que pueden entregarse a la vida hedonista y opulenta sin ningún tipo de remordimiento. En determinadas épocas del año como las fiestas navideñas este estado de supuesta felicidad se intensifica y todos aparentan ser más humanos entre ellos, dibujando sonrisas falsas, fingiendo normalidad y solidaridad para con el prójimo. Este es el “mundo feliz” ya vaticinado por un visionario hace más de setenta años, el peor de los mundos habido y por haber.

De hecho, hoy más que nunca, la suma de todos los actos cotidianos diarios de los humanos modernos que viven en Occidente junto a los que están en vías de occidentalización provocan un mayor número de daños en la naturaleza que cualquier acontecimiento histórico llámese guerras mundiales o civiles e incluso que cualquier catástrofe natural focalizada.

Pero por suerte para el planeta y para las distintas formas de vida no sometidas, el sistema industrial perpetrado por la humanidad tiene visos de terminar más pronto que tarde, por un modo de vida tan insensato como suicida, y todo parece indicar que lo hará de forma drástica y dejando consecuencias que no pueden siquiera intuirse, tanto más graves cuanto más tiempo se alargue la osadía humana contra el mundo natural, una osadía que se pagará muy cara. Cuando lo haga, todo el equilibrio se reestablecerá, la vida brotará de nuevo en toda su plenitud. Ya no morirán más animales arrollados por la indiferencia de los coches y quienes los conducen, ya no más animales se quemarán en incendios provocados por criminales pagados por otros criminales, ya no más peces morirán envenenados por petróleo o axfisiados fuera del agua. Y si quedan humanos, los más cuerdos se darán cuenta por fin del valor del respeto hacia el medio que nos rodea pudiendo vivir armónicamente con los demás seres vivos, mientras que los más insensatos se devanarán los sesos pensando en cómo levantar de nuevo una civilización arrogante y despiadada.