14 de marzo de 2017

El progreso, un proceso contra natura

Desde tiempos remotos, el ser humano ha progresado, incluso en la larga y supuestamente estática época primitiva también lo hizo, aunque más lentamente. Todos y cada uno de los pasos que hemos ido dando han ido siempre en esa dirección y todos y cada uno de ellos han posibilitado cambios que a su vez posibilitaban más cambios. La era primitiva fue larga y lenta, los cambios se producían de forma gradual, los humanos que había eran nómadas y recolectores y eventualmente cazadores. Durante cientos de miles de años llevaron una economía básica de supervivencia, migraban con lentitud buscando mejor clima o tierras, explorando zonas vírgenes y vivían en pequeños grupos de población aislados unos de otros. Así, la población crecía muy lentamente, pero crecía, el cerebro se desarrollaba poco, pero se desarrollaba. Y aunque fuera lentamente, de alguna forma el ser humano primitivo empezaba a transformar el ambiente, como ejemplo baste decir que numerosas pruebas antropológicas sugieren que la especialización de la caza pudo motivar probablemente la extinción de grandes mamíferos del Pleistoceno como los mamuts.

Llegado el Neolítico ocurrió el primer gran cambio significativo: la economía pasó de ser de subsistencia a una economía productivista en pocos milenios, con ello cada vez más grupos se hicieron sedentarios, estableciéndose en poblados cada vez más grandes. Sin duda esto hizo aumentar la población y el contacto entre grupos, que por un lado motivó la transmisión cultural, pero por otro, trajo los primeros grandes conflictos entre clanes, que empezaban a competir por tierras, animales y esclavos. Poco a poco, pero cada vez más rápido, las sociedades se volvieron más complejas y las más grandes y avanzadas derrotaban a los grupos aún tribales, aún mayoritarios, absorbiendo a sus miembros en forma de esclavos. Así, surgieron a su vez sistemas de jerarquía cada vez más fuertes y eficaces y con ello, en poco tiempo, los grandes imperios con sus pertinentes conquistas.

El progreso estaba ya lanzado, se empezaban a formar las primeras ciudades, cunas de los primeros imperios: Sumeria, Fenicia, Mesopotamia, Persia, Egipto. Después, vendrían Grecia, Roma  y poco más tarde el Imperio español, holandés y francés. La población se contaba ya por millones en todo el mundo y el saqueo de los recursos naturales empezaba ya a hacer mella en el medio natural.

Pero no fue hasta entrado el siglo XIX cuando acaeció el segundo gran cambio significativo con la llegada de la era industrial y del petróleo, haciendo del progreso la auténtica razón de ser de la humanidad. Las ciudades se hacían inmensas, albergando a millones de individuos que formaban las primeras sociedades de masas. Los estados -naciones se consolidanan como garantes del orden y la ley, además de ejercer todo el poder sobre los ciudadanos. El trabajo en cadena preeminentemente industrial se imponía en los países post-imperialistas y la economía de libre mercado establecía el dinero como la primera razón para crecer de forma ilimitada. La población mundial se duplicaba en pocas décadas llegando a la astronómica cifra de siete mil millones de la actualidad. Es en esta época cuando el progreso se extiende y se justifica como si fuera el propósito por el cuál el ser humano ha colonizado la Tierra. Incluso se llegó a decir al princpio que el progreso traería la paz y la prosperidad a todo el mundo, acabando con la miseria y con las guerras y todavía hay muchos que así lo creen. Sin embargo, hoy, solo unos pocos pueden darse cuenta del inmenso daño que está provocando la imperante ideología del progreso y el crecimiento económico. 

El progreso no solo no ha traído  la paz y prosperidad que se prometió, sino todo lo contrario. El progreso ha creado el capitalismo, un sistema que todo lo basa en el beneficio económico ilimitado, cuyo "mayor logro" es la sobreexplotación de los recursos naturales de los países colonizados, creando en pocas décadas desorbitadas desigualdes entre las personas y condenando al hambre y los perpetuos conflictos armados a sus habitantes. Pero el progreso no solo mata por hambre o guerra a millones de personas que han tenido la mala suerte de nacer en el lugar colonizado, sino que mata indirectamente a los habitantes de los países ricos creándoles enfermedades por alimentación basura y adictiva, mediante el consumo de drogas de todo tipo, incluidas las tecnológicas o por accidentes, presentados como daños colaterales del progreso. 

Por desgracia,  el impacto negativo del progreso no solo repercute en el humano sino también en el resto de seres vivos no humanos. El progreso ha condenado a la violencia y muerte sistemática de millones de animales que se consumen para comer u otros usos, pero sobre todo para comer. Claro, cuando se prometió paz para todos, no se referían a los animales. Y por último, y sin salir del impacto en el medio natural, el progreso es el responsable directo de la destrucción diaria de miles de hectáreas de espacio natural, con las funestas consecuencias que esto tiene para millones de organismos, tanto del mundo vegetal como animal e incluso humano no civilizado. Con todo, millones de personas siguen viviendo engañadas en pos del progreso, responsables del crimen natural y paradójicamente ignorantes de que están cavando su propia tumba y la de sus futuros hijos.

Tras esta breve exposición de lo que ha supuesto el fenómeno maldito del progreso, pasaremos a argumentar porqué esta tendencia tan poderosa no solo es peligrosa y destructiva para el resto de seres vivos sino que va contra natura, es decir, se extiende en contra de la naturaleza. Para ello expondré varias premisas que lo demuestran:

En primer lugar, cabe decir que el progreso se ha forjado con los siglos haciéndose cada vez más fuerte y poderoso, embaucando a millones de humanos en su osadía. Sin embargo, en la naturaleza ninguna especie animal y menos vegetal ha desarrollado jamás un comportamiento parecido, la evolución, como ya afirmó el biólogo Stephen Jay Gould, no tiene ninguna dirección concreta, solo supone cambio, ni progresa ni retrocede, al menos en términos generales. Es evidente que el ser humano se ha salido claramente de esta tendencia con esa carrera desbocada hacia la sobreexplotación. Así pues, el progreso de la humanidad como fenómeno predominante está en claro conflicto con la evolución de las especies y la selección natural.

Otro factor contra natura del progreso es el desbocado incremento de la población humana, siendo el factor demográfico quizás el resultado más notable del mismo y que además justifica el círculo vicioso que esconde este fenómeno social. Ningún ser vivo ha crecido jamás tanto en número como para crear un desbarajuste serio en el planeta, modificando las condiciones esenciales para la vida, incuido el clima. Tan solo las bacterias y los virus podrían ser más numerosos, incluso los insectos, pero aún siendo los primeros organismos parasitarios su elevado número no provoca ni mucho menos el impacto destructivo que provoca el ser humano en la Tierra (a no ser que nuestra especie fuera considerada una clase de virus). Esto se entiende porque el ser humano en su desarrollo intelectual se ha salido de la cadena trófica natural en la que estaba inmerso cuando era más animal que humano, y si bien antes tenía depredadores que de alguna forma mantenían a raya su número, ahora carece de ellos, convirtiéndose con ello solo en depredador. Además, los animales depredadores apenas se alimentan de unas pocas especies sin modificar el ambiente en absoluto, mientras que el depredador humano se alimenta de cientos de especies diferentes transformándolo todo a su antojo, provocando con ello la destrucción indirecta de otras especies de animales y cuando no es por alimento es por decenas de necesidades superfluas. Son muchos biólogos los que hablan de esto como la sexta gran extinción masiva y a diferencia de las otras grandes cinco extinciones del pasado, es muy probable que la causa de la actual esté relacionada con el modo de vida de una sola especie, la humana.

El aumento generalizado de la media de vida es otro factor claro que va contra la naturaleza y muchos de los que lean esto pondrán el grito en el cielo.  Si lo hacen es porque son defensores a ultranza del progreso, ya que solo éste ha logrado que se vivan más años y en especial el progreso de los últimos doscientos años con el avance de la medicina convencional y la tecnología. Pero ni la medecina convencional ni la tecnología son hechos naturales sino artificiales y aumentar la media de vida bajo estos medios no tiene ningún mérito, es como hacer trampas. Por otro lado, el aumento de la media de vida ha contribuido claramente al aumento poblacional. El ser humano vive más años en general, pero ¿a costa de qué? ¿y para qué? En la antigüedad la media de vida apenas llegaba a los cuarenta años y nadie estaba preocupado por ello, a pesar de que algunos se salían de la media y podían llegar hasta los setenta u ochenta años. Solo cuando la ideología del progreso ha sido motivo de culto la gente ha empezado a preocuparse por cumplir más años, e incluso los más visionarios y alocados de alcanzar un día la inmortalidad del cuerpo. En la naturaleza ningún ser vivo ha superado jamás su media de vida ni se ha preocupado en hacerlo, porque de hecho a la naturaleza no le conviene en absoluto que algo así les sucediera a muchas especies, iría contra natura. Nuevamente solo una se ha salido de la norma general. 

Valores tan ligados al progreso como la búsqueda de  la felicidad son exclusivamente humanos, en la naturaleza nadie se preocupa de ser feliz, ni siquiera de tener una vida colmada de placeres. De hecho, hay pruebas de que lo opuesto al placer, el dolor, es un motivo mayor de evolución (no de progreso) ya que ayuda a la supervivencia y perpetuidad de las especies. En la naturaleza, los seres vivos luchan permanente y únicamentemente por estos dos factores y una especie que buscara la felcidad permanente no podría durar mucho y de hecho la única que lo hace parece querer estar buscándose un final triste y rápido. Ciñéndonos a los animales como únicos seres que podemos afirmar con seguridad que tienen conciencia, es evidente que buscan huir del dolor y en muchas ocasiones buscan estados de tranquilidad, juego y placer, pero estos estados no entran en conflicto con los estados de alerta o protección necesarios para la supervivencia. De hecho, la mayor parte del tiempo lo ocupan en buscar alimentos y en aparearse, los dos factores claves para la supervivencia y la perpetuación de la espcie. Tanto se ha alejado el ser humano de la naturaleza que ya no la teme, y peor aún, ya no tiene que preocuparse de su supervivencia, por lo que puede dedicarse a buscar cosas triviales como la felicidad permanente o la diversión sin límites pero siempre como partes subordinadas al progreso, el motor que lo hace posible. La pregunta es, ¿le ayudará esto a sobrevivir mucho tiempo?  

Por último, pero en clara relación con las anteriores, el progreso de la humanidad ha contribuido y contribuye de forma unánime a la destrucción de la naturaleza, y cada vez en mayor medida, dado que cada vez hay más humanos en el planeta y cada vez más humanos se suman al consumo desmedido de Occidente. La ideologíoa del progreso ha logrado extender la absurda creencia de que miles de millones de humanos pueden vivir para siempre al ritmo que lo están haciendo y para ello, se ha valido de ideologías subordinadas como el materialismo, el consumismo y el ya mencionado hedonismo. Pero este ritmo de vida supone el exterminio de millones de organismos tanto animales como vegetales, en lo que algunos ecólogos se refieren a ello como una pérdida irreversible de la biodiversidad de la Tierra, necesaria para que los ecosistemas vitales sigan funcionando. Es decir que para que millones de humanos puedan vivir como lo están haciendo ahora muchos más millones de seres vivos tienen que morir e incluso malvivir hasta morir.

A pesar de que pueda paracer que el progreso permite a la gente llevar una vida normalizada o al menos así lo creen sus defensores, los más engañados, es sin duda un modo de vida no solo destructivo con el resto de organismos sino consigo mismo, un modo de vida claramente suicida y algunos expertos ya han hablado de que si todo sigue como hasta ahora, las posibilidades de una extinción humana aumentan drásticamente. Aunque siendo objetivos no sería tan grave, se estima que cada año se extinguen entre 10.000 y 50.000 especies. Con todo, es necesario decir que todavía ningún biólogo ni paleontólogo ha corroborado que ninguna especie se haya extinguido jamás por un comportamiento claramente autodestructivo, sino por circunstancias totalmente ajenas a ellas. 

Expuestas esta serie de premisas a modo de conclusión surgirían varias preguntas sobre el progreso, ¿Es esta tendencia ihenerente al ser humano? Si queda demostrado que desde tiempos remotos el ser humano ha progresado, entonces la respuesta es sí -incluso en los períodos que lo haya hecho muy lentamente-. ¿Es por tanto el progreso inherente a la naturaleza humana? Probablemente lo sea. ¿Podría escapar de él? Actualmente no puede, y solo en un futuro remoto en el que el modo de vida actual haya desaparecido y solo quedaran unos pocos humanos, éstos podrían a voluntad llevar una vida libre de progreso, agrupados en sociedades minúsculas y sencillas que apenas dejen impacto en el medio natural y sin ánimo alguno de crecimiento, a pesar de que siempre existiera la posibilidad de que éste volviera a ganar la partida y todo volviera a empezar. 

Aunque se salga del tema en cuestión, cabría añadir porqué la humanidad no puede actualmente escapar al progreso. En primer lugar porque la inmensa mayoría de personas creen firmemente en que el progreso es la razón de ser del ser humano e incluso de que en algún momento traerá la paz a todo el mundo. En segundo lugar porque todas esas personas no están capacitadas para ver la relación entre el progreso y la destrucción del medio natural, ni mucho menos lo pernicioso que resulta aquel para todos los ámbitos de la vida y en tercer lugar porque los pocos que lo pueden ver solo proponen soluciones que inciden en las causas próximas y no en las causas primarias. En cuarto lugar, porque incluso aunque una parte importante de la humanidad reconociera las causas primarias, abordarlas supondría un choque brutal con el modo de vida impuesto, si no un colapso inevitable del propio sistema y lo que pasara después nadie puede saberlo. 

Es importante añadir a su vez otra cuestión y es la diferencia entre la ideología del progreso, forjada con los años, que es la que actualmente mueve el mundo de los humanos y el hecho del conocimiento. Aunque pueda parecer que desde siempre ha acompañado al progreso, el conocimiento, que se puede decir también es inherente al ser humano, por tanto a su naturaleza, podría desarrollarse independientemente del progreso en un futuro de sociedades minúsculas y sencillas, dirigido únicamente hacia la naturaleza y el ambiente que nos rodea en general. Por tanto, y aunque esto formaría parte de otro escrito, habría que dejar clara la diferencia entre lo que es el conomiento ilimitado marcado por el progreso y auspiciado por la tecnología, que es el que se ha impuesto por la fuerza y el conocimiento sencillo dirigido únicamente hacia el medio natural. 


  

27 de enero de 2017

La ciencia moderna desafía las leyes naturales

De entre las ideas más disparatadas que nos brinda la modernidad, al menos hay una que se burla del orden natural por el que se desarrollan los seres vivos de este planeta y esta es la idea de superación de la muerte, cuyo equivalente más fantasioso es la idea de inmortalidad del ser humano. Una idea que nace de un deseo, el no querer morir. Esta vez ni siquiera podemos hablar de que la ciencia empieza especulando sobre una teoría antes de cribarla por el método científico, pues es así como se desarrollan casi todas las teorías probadas por la ciencia, por lo menos aquellas que tratan de explicar un hecho o un fenómeno. Porque la negación de la muerte no tiene un carácter especulativo, sino más bien antinatural, pues es sabido y demostrado que una de las características fundamentales de todos los seres vivos es el hecho de la mortalidad. Así, este nuevo deseo de ciertos científicos contradice una teoría crucial que se supone ya ha demostrado la propia ciencia. Aunque se puede decir que esto es una tónica ya repetida en muchas ocasiones.

Este deseo antinatural se manifiesta principalmente en el ámbito de la medicina, en donde se investiga la forma de "curar el envejecimiento" (menos osado sería hablar de retrasar el envejecimiento, una expresión que tal vez sí pudiera encajar en el orden natural). Esta investigación alberga implícito el deseo de inmortalidad ya mencionado, pues si se lograra curar el envejecimiento, entonces el ser humano no moriría nunca, al menos de forma natural, se entiende. No entraremos en las bases de dicha invetigación que solo competen en realidad a los científicos que las desarrollan, pero sí podemos aventurarnos a decir porqué aparecen, de dónde vienen. 

Es evidente que no vienen de la religión, antítesis de la ciencia, pues siempre ha insistido en la inmortalidad del alma, pero no del cuerpo, es decir, que las creencias religiosas de alguna forma también han tocado esta cuestión, aunque la ciencia no ha podido demostrarlo dado que dicha inmortalidad se remontaba a una figuración supraterrenal o sobrenatural. Ahora la ciencia pretende alargar la vida humana tanto como sea posible curando el envejecimiento y ya que se pone, alargarla eternamente, pero no en un terreno supraterrenal sino terrenal, pues es el único plano en donde es capaz de demostrar hechos contrastados. 

¿Y por qué no se quiere morir? Podríamos enumerar muchas razones que estarían en franca consonancia con el contexto de sociedad moderna actual, pues es obvio que todas las ideas que surgen en la mente humana tienen relación con la forma de vivir. Durante miles de años, prácticamente desde el surgimiento de la civilización como tal, el ser humano ha inventado formas varias de alargar la vida retrasando el envejecimiento. Una fue la veneración hacia la juventud y la belleza, periodo de la vida en donde el ser humano goza de todo esplendor y fuerza antes de iniciar su descenso irremisible. Para ello se han transmitido entre generaciones multitud de historias y leyendas venerando la belleza como símbolo de virtud y éxito. En la era moderna, el culto al cuerpo se hace una realidad, la industria contribuye con el lanzamiento de cientos de productos para perfeccionar el cuerpo cada vez más mientras que la ciencia alarga la vida física con sus avances en medicina y tecnología. Todo esto permite el aumento poblacional, el alargamiento en la esperanza de vida y en consecuencia, el aumento de una población envejecida.

A pesar de los pesares, todo intento de alargar la juventud mediante historias legendarias o artimañas industriales no era más que una falacia temporal, pues todos sabían que más tarde o más temprano, el envejecimiento era algo inevitable y la muerte la etapa final. Resulta irónico también que el hecho de la muerte se haya convertido en un tabú del que pocos desean hablar al margen de las creencias religiosas que por qué no decirlo, transmitían una sensación de tranquilidad a los creyentes, por el hecho de estar convencidos de que la muerte no era el final, y que si habías sido bueno o habías sido redimido de tus pecados irías al cielo por toda la eternidad. Muy recientemente, la ciencia, negando las creencias religiosas, ha afirmado públicamente que tras la muerte no hay nada, ni dios, ni cielo ni tampoco infierno. En consecuencia la cantidad de no creyentes o ateos ha ido  en ascenso pero al mismo tiempo la tranquilidad con la que se iban los creyentes ha sido sustituida en detrimento del miedo a lo desconocido, pues resulta difícil para todos los humanos imaginarse una sensación de no respirar ni sentir absolutamente nada, esa sensación de vacío que debe venir tras la muerte. 

Ni la certidumbre religiosa, francamente dudosa, ni la incertidumbre de la que no puede escapar la ciencia han ayudado para la aceptación de la muerte como un suceso crucial que forma parte de nuestra naturaleza como animal que somos. Y sin embargo, la ciencia que estudia la historia más antigua, la antropología, ha aportado pruebas fehacientes de que en eras primitivas de la humanidad, la muerte era aceptada como algo natural sin miedo alguno, solo quizás con resignación, pues el hecho de vivir en la naturaleza y creerse un animal más dentro del orden natural era la razón que hacía comprender el sentido del ciclo natural por el que todo ser vivo ha de pasar. Dichas pruebas pueden incluso comprobarse en las tribus indígenas actuales en las que los más ancianos se dejan morir en su deseo de no ser una carga para la tribu nómada. En los animales también se puede observar cierto abandono o aceptación del final, si bien es aventurado asegurar que son conscientes de su propia muerte. El alejamiento evolutivo de la naturaleza por parte de los humanos motivado por las nuevas circunstancias materiales y sociales motivó la extensión de la idea de trascendencia del ser humano sobre el resto de seres vivos y por ende el rechazo de las leyes naturales que aún así lo definen culminando en ideas absurdas de eternidad de la vida. 

Por suerte, esta posibilidad tan solo es eso, una posibilidad todavía hoy tan remota en el tiempo que ni siquiera merecería la pena ser valorada. Pero aunque lo fuera, dicha posibilidad no está teniendo en cuenta el contexto actual en el que vivimos, ya que si el alargamiento de la vida y los avances médicos han conseguido que la población aumente de forma considerable en apenas siglo y medio, a pesar de que la muerte siga ganando la partida, la posibilidad del logro de superación de la muerte, estaríamos hablando en poco tiempo de un planeta plagado de humanos y agotado de recursos u otras formas de vida, en definitiva, un planeta hostil y vacío. Otras expectativas de superación de la muerte como la criogenización  son aún más nefastas dado su carácter selectivo que podrían ofrecer en un futuro -de momento solo se puede hablar de su carácter fraudulento ya demostrado por algunos escépticos-, y es que si la ciencia logra superar la idea de reanimación no puede garantizar la calidad de vida de una persona que despierta en un futuro remoto totalmente diferente al actual, por no hablar de que la criogenización sería solo posible para las clases sociales más adineradas.

Pero al margen de la posible reanimación futura de un cuerpo muerto congelado, el hecho de que algunos se planteen la superación de la muerte por cualquier método e incluso dediquen gran parte de su esfuerzo y su trabajo en estudiarlo es algo que resulta inquietante ya que desafía la naturaleza humana negando su propia animalidad. Además, en el contexto actual que vive la humanidad podría llegar a resultar incluso insultante pensar en alargar la cantidad de años que pueda vivir un humano antes que mejorar su calidad de vida, tan penosamente degradado por la era industrial que tanto prometió hacerlo en sus inicios. Ni la era industrial  ni la tecnología han logrado hacer progresos en este aspecto, sino más bien todo lo contrario. La fe en el progreso ha hecho creer a la gente la ecuación "a más personas más calidad de vida", y esos avances en medicina de los que tanto se ha presumido han posibilitado el aumento desproporcionado de la población y su aglutinación en masas ingentes de humanos rodeadas de máquinas llamadas ciudades.  

Por otra parte, la ciencia moderna está acaparando una influencia y reputación cada vez mayor en el pensamiento de gran parte de la sociedad incluso ante las ideas más osadas y especulativas, del mismo modo que lo hacía la religión hace siglos y aún hoy, confirmando cierta tendencia dogmática por parte de muchos científicos que se creen garantes de toda forma de conocimiento. A pesar del eterno debate tan controvertido que ha suscitado durante años la oposición entre religión y ciencia en cuanto a tratar de explicar lo inexplicable, parece que la ciencia moderna lleva el mismo camino que su antagonista en cuanto a crear cierto poder de convencimiento entre las nuevas generaciones más ligadas a ella que a las creencias religiosas.

Finalmente, se debe destacar que la razón antropocéntrica tiene un gran peso a la hora de no desear la muerte, pues esta idea forjada por milenios de alejamiento de la naturaleza y distinción con respecto al resto de animales no humanos ha hecho que muchos quieran trascender su propia existencia pretendiendo ser lo que no son. La no aceptación de la muerte no es más que una transgresión del ciclo natural de la vida.

16 de diciembre de 2016

En navidad, más derroche, más estupidez, más falsedad

Como cada año, la sociedad del supuesto bienestar acoge con los brazos abiertos ese período en el que todos parecen volverse un poco más dementes de lo que están, pues son unas fechas en las que no saben hacer otra cosa ni capacidad tienen para ello. Empujados por la inercia, la gran masa urbanita se dispone frenéticamente a comprar cuantas cosas pueda, ya sea en forma de objetos para regalar o comida para reventar, en estas fechas todo vale. La navidad se ha convertido en otro fenómeno de masas que se ha instaurado en nuestras vidas sin que hayamos podido hacer nada por impedirlo. Las excusas más recurridas son los niños y el placer, dos aspectos sagrados en el humano moderno de hoy en día.

A pesar de que originariamente el motivo de la navidad era exclusivamente religioso, hoy en día va perdiendo fuerza, pues la idea de un dios supremo que nos salvará a todos está siendo sustituida por el valor que se da al aspecto material. Hoy existen otros dioses para venerar como la televisión, el móvil o los videojuegos, es decir, inventos tecnológicos que enganchan fácilmente. Si bien la celebración de la navidad tradicional se centraba más en las reuniones familiares con sus pertinentes cenas, las panderetas en los villancicos y los regalitos de reyes o papá noel, según el lugar, en lo que apenas venía a durar unos días, la navidad moderna se centra ante todo en cuestiones comerciales, fomentando las compras desmedidas y adelantándose más en el tiempo para multiplicar las ganancias. Han conseguido que la navidad sea la gran mentira a la que todo el mundo acaba postrándose, incluso los que reniegan de ella.

Aquí todos sacan su provecho. En primer lugar las grandes empresas, monstruos ávidos de incrementar las ventas y los beneficios, lanzando sublimes campañas de publicidad, a la cual más estúpida y retorcida, como la nueva moda del “black friday” para dar comienzo a la locura, un sutil invento "made in USA" que a velocidad del rayo se ha extendido a toda Europa, confirmando que de la cultura yanqui se importan solo los aspectos más perniciosos o que en el fondo Europa y EEUU son dos sociedades que operan bajo las mismas leyes del mercado y que se copian la una de la otra. De la forma que se quiera mirar, esta nueva campaña representa lo estúpidos que nos estamos volviendo al permitir que las grandes multinacionales gobiernen nuestras vidas como si de dioses se trataran. 

Se permite todo lo que nos vende el sistema y por lo tanto se es condescendiente con él. Permitimos que las empresas nos engañen con millones de anuncios en todas partes, anuncios creados para que compremos más de lo que necesitamos, para hacernos adictos a las compras, para crearnos ideas antihumanas y antinaturales como la felicidad perpetua o el placer por encima de todo, incluso a costa del sufrimiento de terceros. Permitimos que el gobierno nos engañe a su vez con sus discursos pro-navidad, con importantes sorteos para ganar dinero de millones de personas que se les ha contado el cuento de que el dinero da la felicidad o si no, ayuda. El resultado es que los sorteos navideños solo sirven para confirmar adictos a estos juegos o para crear falsas esperanzas. Permitimos de igual forma que los medios de manipulación nos emboten la cabeza con información navideña a todas horas, el bombardeo de anuncios en las horas más seguidas de televisión, las referencias de cientos de programas al supuesto espíritu navideño, la inclusión de cientos de películas naviedeñas.  

Con todo, el problema del consumismo no solo es el hecho de consumir desenfrenadamente creando fanáticos de las compras. Constituye además un problema de aspecto planetario. En primer lugar, un desproporcionado gasto de recursos naturales, con las terribles consecuencias para el medioambiente y quienes lo pueblan; en segundo lugar, la acumulación de materiales deshechables motivada entre otras cosas por la insensatez de consumidores que reducen cada vez más el tiempo de uso de los objetos que compran necesitando cada vez más, aunque en realidad sea el propio sistema el que promueve esta conducta inconsciente mediante métodos de incitación al consumo y obsolescencia programada; en tercer lugar, la contaminación de dichos deshechos a la tierra, aire, mares y ríos; en cuarto lugar, el deshecho de toneladas de alimentos y de miles de litros de agua.   

Sin embargo y a pesar de esta desfachatez de la que nadie se acuerda, lo tradicional de la navidad no parece haber perdido su sentido, pues todo el mundo sigue reuniéndose para celebrarla y es aquí en donde se siente esa falsedad de la que todos parece que estén orgullosos, ese cinismo que no tiene límites. De un lado porque ya muchos consolidados ateos siguen celebrando una fiesta originariamente religiosa, contradiciendo uno de sus más férreos principios; claro, critican la religión tradicional ya anticuada pero veneran el progreso, la modernidad, ¡qué incongruencia!. De otro lado porque todos parecen olvidar en estos días las penas sufridas durante el año, los varapalos que les dan en la empresa, la presión a la que nos someten, los engaños que nos regala el sistema como la misma celebración de la navidad; y si todos hacen por olvidar las penas propias para qué hablar de las penas ajenas que suceden en el mundo fruto de un sistema drásticamente devorador como el nuestro. ¿O acaso se piensa la gente todavía que lo que está ocurriendo en Siria o en el Congo es un hecho independiente a la sociedad occidental? 

El lado más siniestro de la navidad es aquello que nos recuerda ”lo maravillosa que es la humanidad”, lo que lleva a olvidar todo el horror que dejamos a nuestro paso y del que nadie quiere saber nada. Esto tiene que ver con la arrogancia que nos caracteriza. El hecho de carecer de total remordimiento y empatía hacia las mayores víctimas de la navidad, que son, como en el resto del año, los animales.

Muchas de estas personas se manifiestan indiferentes a los hechos, pero ni en navidad ni en el resto del año les importa un bledo trocear la parte de un animal que ha sido vejado y esclavizado mientras deleitan su paladar riendo frases estúpidizantes de cuñados, nueras o primos. Otros, seguro que menos, en el resto del año mostrarían cierta empatía o deferencia hacia los animales que suelen comerse -aunque digan que lo hacen ocasionalmente o lo están dejando-, pero no tienen reparos en sumarse al frenesí navideño de corderos, pavos, terneras, langostinos o salmones, lo mismo da, sobre todo por el qué dirán, confirmando una tendencia enfermiza a la condescendencia familiar o grupal. Sin embargo, todas estas personas afirmarían odiar la violencia y la esclavitud, pero la navidad es la navidad y ante todo es la diversión de ellos y el correcto encauzamiento de los niños para engañarles y obtener nuevos obedientes prosistema. Los que malviven en los campos de concentración de animales "son un mal menor, necesario para el progreso".  

La auténtica verdad que nadie quiere reconocer es que en navidad se celebra el asesinato y esclavitud de los animales que se ponen a la mesa, y por esto la navidad es una patraña infame que confirma nuestra hipocresía, nuestro cinismo, nuestro perversidad, el avance imparable de una sociedad podrida tanto por dentro como por fuera. En definitiva, la especie humana no solo destruye y extermina todo lo que le rodea, sino que se regodea de ello y celebra con arrogancia que todo lo que hace es normal, pero cada vez está más cerca el momento en que tanta arrogancia se volverá en su contra.  

Así pues, si aún consideras que te queda algún resto de cordura en este mundo demencial, actúa con coherencia y no celebres la gran mentira de la navidad, no pongas adornos, no compres regalos, no acudas a las cenas a comer restos de animales, no engañes a tus hijos con patrañas navideñas, cena en tu casa como un día cualquiera.  

29 de noviembre de 2016

Ecologismo y veganismo van de la mano

Muchas personas de hoy en día están empeñadas en marcar diferencias donde no las hay. Un ejemplo se da en dos movimientos que se consideran en auge desde hace unos años o incluso décadas. Dos movimientos que reaccionan ante consideraciones no estrictamente humanas y que ideológicamente abarcan un terreno muchísimo más amplio como es la peotección de la naturaleza en la que también se incluiría al ser humano como especie. Portadores de teorías como la defensa y protección del medioambiente uno y la defensa de los derechos animales el otro, ambas formas de defensa que a priori puedan ser distintas no son más que la parte integrante de un todo. Porque al fin y al cabo, ¿qué es el medio ambiente si no la naturaleza y qué es la naturaleza si no la conjunción en equilibrio de todas sus formas de vida? Y por otro lado, ¿qué son los animales si no una parte esencial de la vida natural?

El primer error parte posiblemente de una mala interpretación de esta cuestión objetiva, que con el tiempo deriva en reacciones subjetivas que son las que marcarán el rumbo del movimiento y posterior desvirtuación. Así surge el movimiento ecologista, el cual cometió el error de olvidar una parte esencial de su cometido en honor a la teoría que portaba. Mientras su labor se centró en cuestiones como el calentamiento global, el agujero de la capa de ozono, el problema de la contaminación del aire y la tierra, el envenenamiento de ríos y mares, el agotamiento de los recursos naturales, etc., desde sus inicios se hizo con un enfoque únicamente antropocéntrico, es decir, se abordaban estos problemas en defensa exclusiva del ser humano y su futuro y no en defensa de la propia naturaleza. Y es por esto que el ecologismo oficial, omitiendo su cometido inicial, es antropocéntrico en casi todas sus formas, solamente se preocupa de estos problemas porque amenazan la vida humana en la Tierra, no por defender la naturaleza como un bien en sí mismo que se debe salvaguardar. En consecuencia, los animales nunca contaron en la defensa del ecologismo, salvo aquellos que se catalogaban como “especies en peligro de extinción”, pero éstos tan solo eran unos pocos pues no podían abarcar a todos dado el creciente número de especies que entraban en esa catalogación. Así se preocupaban de las ballenas, las focas o el lince ibérico, pero ¿y qué pasa con el resto de animales dignos de preocupación?

¿Por qué el ecologismo oficial nunca se preocupó del resto de animales en peligro, no de extinción sino de vida? Es obvio, porque ese “tipo de ecologismo” se preocupaba solamente de las especies y no de los individuos que las componen, algo a lo que llaman conservacionismo y otros, no menos acertadamente, especismo. El ecologismo se interesó por la conservación de especies en peligro de extinción y no de los individuos, un peligro que se ha dado exclusivamente por causa humana y no natural: ni las ballenas ni los linces ni el lobo ibérico estuvieron jamás en peligro antes de que el ser humano invadiera su territorio y redujera su población; (es más, se advierte cierta dosis de cinismo -además de especismo- cuando se prioriza en ciertas especies salvajes sobre otras que o bien ya han desaparecido y ni se les recuerda o bien pertenecen a categorías menos espectaculares o agradables como insectos o peces).

Pero no es el propósito de este artículo echar por tierra el conservacionismo de especies, pues analizado en profundidad éste no carece de sentido y lógica, siempre que se defienda en pos de la naturaleza y no exclusivamente del ser humano; sin embargo, el ecologismo debería preocuparse en su totalidad no solo de las especies en peligro de extinción, sino también de sus individuos, aunque éstos no estén en esta situación. Al fin y al cabo, tan atropello natural es el hecho de la destrucción de ecosistemas enteros con la consecuente destrucción de especies como la opresión histórica de animales para beneficio humano -cuyo eufemismo sería domesticación-, hecho este último que también ha creado a lo largo de la historia la desaparición de especies salvajes en detrimento de especies domésticas. Es esta la característica moral que también debería incluirse en toda forma de protección a la naturaleza.

En base a esto el ecologismo oficial sí que tendría razones sólidas para incluir a las especies domésticas en sus programas de la misma forma que se interesa por las especies salvajes. Su pretexto sería que los animales domésticos nunca estarán en peligro de extinción por su propia condición de domésticos, pero la respuesta es que dado que estos animales fueron en su momento sometidos y transformados con los años en seres que nada tenían que ver con su estado salvaje, esto quiere decir que esta condición ha sido impuesta por el ser humano en contra de su voluntad y por tanto en contra de la naturaleza. El hecho de que sean domésticos y de que no se encuentren en peligro de extinción no quita que sean todavía parte de la propia naturaleza.

Por lo tanto, “un ecologismo que buscara la verdad” debería defender la naturaleza contra los continuos atentados humanos y dado que los animales domésticos son todavía parte de la misma, el ecologismo debería defenderlos por igual. Con todo, este interés no debería sustituir en la práctica el interés por el conservacionismo de especies.

En el lado opuesto y a pesar del desafortunado olvido del movimiento ecologista por los animales domésticos, quienes defienden el veganismo como forma de lucha deberían tratar de entender esta cuestión en vez de rechazar de plano el ecologismo aduciendo que ambos movimientos persiguen objetivos distintos, pues no lo hacen, como se pretende demostrar. Ambos movimientos deberían luchar por todos los animales en general como parte esencial de un todo independientemente de si están en peligro de extinción o no lo están, de si son salvajes o domésticos, de si están oprimidos o si viven en libertad.  

Sin embargo, en la práctica la tendencia del movimiento por el veganismo o por los derechos de los animales camina en otra dirección. El hecho de englobar la lucha por la liberación de los animales oprimidos dentro de otras luchas sociales como la emancipación de la mujer o las minorías raciales no es ni acertado ni oportuno, ya que son más las divergencias que convergencias. Por el contrario, los animales domesticados siguen siendo parte de la naturaleza, pues todos sabemos que aún conservan gran parte de sus instintos salvajes y su liberación sería la primera etapa para volver hacia un estado salvaje futuro. De ahí que resulte más coherente hablar de liberación animal antes que igualdad.

Con esto queremos decir que los animales domesticados, a pesar de llevar miles de años domesticados, están mucho más cerca de su estado natural que de su estado humano, por eso tendría más sentido incluirlos en la defensa de la naturaleza que en luchas estrictamente humanas. Es más, la comparación que muchas veces se hace con este tipo de luchas carecen de sentido y fundamento, pues animales y humanos recorremos una gran distancia en materia de evolución. Por supuesto, nuestras necesidades estrictamente fisiológicas son prácticamente iguales -tal vez diferimos en cuestiones culturales- y por eso se denuncia su lamentable situación de opresión o su uso como recurso; pero no debemos confundirnos, el objetivo sería devolverles a su estado salvaje y a una vida en libertad lejos del ser humano, incluidos los animales de compañía, a pesar de que gocen de una mejor situación que los animales destinados únicamente para consumo humano.

Es evidente que en la práctica este proceso duraría muchísimo tiempo, al igual que la propia abolición de todas las formas de opresión hacia los animales, pero esto es algo secundario, lo importante es que esta consideración contribuiría satisfactoriamente a dejar claro cuál es el objetivo final y en qué orden de cosas está encuadrado. La liberación de los animales oprimidos y su posterior vuelta a la naturaleza estaría enmarcada en una lucha más amplia que incluiría la liberación de la Tierra de la transformación y destrucción humana, y aunque suene paradójico, incluida la propia especie humana, que a pesar de su cerrazón por convertirse en un ser exclusivamente artificial preso de sus ideas materialistas, no puede negarse que tenga su origen en la naturaleza y que por tanto forme parte de ella, al menos todavía, pues su vertiginosa transformación hacia un mundo futuro desconocido amenazan la razón de ser de su propia naturaleza..

Así pues y a modo de resumen, es importante dejar claro que ambos movimientos defienden cuestiones que son partes integrantes de un todo mayor que las engloba y que por tanto en el fondo podría decirse que son iguales. Pero para ello, deben abandonar sus prejuicios que les hacen caminar por direcciones erradas y que les impide ver la esencia de aquello por lo que están luchando. Un movimiento que defendiera la naturaleza salvaje como un bien en sí mismo englobaría la lucha por la liberación de todos los animales oprimidos y a la vez la lucha en defensa de la ecología contra los atentados humanos, y como tal sería un movimiento más coherente, más efectivo y más fuerte.

11 de octubre de 2016

Sociedad nociva (2)

Nocividad en la educación guiada (o la anulación de la voluntad)

Obviamente el proceso de embaucamiento de personas sumisas y absorbidas por el sistema comienza en las edades más tempranas, pues casi desde que nacemos somos conducidos en nuestra existencia para cumplir con las exigencias del mismo. Pero las escuelas tan solo son una parte de la educación de los niños hacia el mundo adulto, cuyo objetivo es crear adeptos sumisos, fanáticos del sistema que no den problemas de rebelión ni de capacidad de reflexión. Por ello, hablamos de educación en un sentido más amplio que incluye todos aquellos factores externos que inciden en la mente de las personas desde que nacen hasta que se convierten en adultos. Es este el período de más deformación de la mente humana y en el que intervienen una gran cantidad de sumisos adultos dispuestos a darlo todo por guiar con éxito a los niños hacia el mundo del trabajo y la máquina del consumo.

Uno de los objetos de la educación guiada es hacer que el niño no tenga la necesidad de reflexionar ni de preguntarse el porqué las cosas son de la manera que son, y esto quizá sea el más importante de todos los objetos, porque anulando esta parte de su voluntad el acto de sumisión funcionará correctamente. El niño absorberá todos los conocimientos que se le metan en la cabeza sin cuestionarse nada y con el tiempo habrá perdido dicha facultad y estará bien integrado en la rueda del consumismo. Para esto intervienen todos los agentes externos de la educación guiada, ya sea el encierro en la escuela -privada o estatal apenas hay diferencia- la importantísima influencia de los padres y la familia, adultos ya absorbidos por el sistema, el grupo de amigos como el primer grupo de presión, y los medios de comunicación tecnológicos, medio perversamente embaucador, pieza clave para completar el potencial consumidor del niño y el adolescente.

Bien se podría decir que todas estas partes forman lo que es el sistema educativo intencionado y cada vez más funciona en el sentido deseado, es decir, a medida que las generaciones nuevas nacen en un sistema tan cerrado y dogmático como este cuyo dios ya no es un señor todopoderoso con barbas blancas al que adorar sino una idea probablemente más perniciosa como es el progreso, la educación funcionará por sí sola como un todo, ya que cada parte cumplirá el papel que otros le introdujeron a base de manipulación y lo hará cada vez de forma más efectiva. A medida que pase el tiempo el sistema ya no tendrá que plantearse si existen atisbos de rebelión ni capacidad de reflexión, pues cada nuevo niño que nazca estará cada vez más lejos de tiempos pasados en los que aún se podía encontrar algo de esto.

Efectivamente en el presente actual aún no se ha llegado a esta peligrosa situación, pues el sistema no es perfecto, ya que aunque pocas, hay personas o colectivos que aún analizan las causas y los efectos llegando a conclusiones definitivas sobre la nocividad que emana este tipo de sociedad. Estas personas reaccionan de forma distinta: unos piensan que lo que hay que hacer es cambiar de sistema, otros que hay que derribarlo y otros simplemente lo rechazan y ponen tierra de por medio, escapando a los márgenes.


Nocividad en los valores

La falta total de valores en una sociedad como esta es patente, de hecho es un signo inequívoco de que sufrimos una desviación en los mismos provocada por los factores psicosociales que se derivan de una sociedad basada en la competitividad económica y el fenómeno de masa. Estos factores influyen determinante y drásticamente en las relaciones humanas hasta el punto de extender un falso ambiente de “buenismo” que no corresponde en modo alguno con la realidad de poseer valores y específicamente, valores morales. Y esto sucede porque el sistema no permite a sus integrantes actuar en consecuencia a sus valores más profundos. Estos están reprimidos por la opinión general de la masa o por la presión social. El sistema secuestra dichos valores e impide que exista coherencia con los actos, que son los que importan para que la máquina siga funcionando.

Para entendernos, pongamos el ejemplo de la violencia: la mayoría de la población de la sociedad moderna condenaría en lo más profundo de su ser cualquier forma de violencia contra seres vivos, tanto humanos como no humanos, pero en la práctica la vida cotidiana de casi todos causa un altísimo grado de violencia a terceros -hasta el extremo de la muerte, la esclavitud, la tortura, el exterminio- , de hecho esta violencia es la causa principal de que dichos actos se transformen en beneficios para organizaciones diversas y en bienestar para millones de consumidores. Por otra parte, a menudo se produce una doble moral, el humano moderno encontraría permisible y aplicable cierto tipo de violencia contra cierto tipo de seres vivos como los cerdos, vacas u ovejas, mientras que la encontraría reprobable contra otros como perros o gatos.

Pero el humano moderno encuentra tranquila su conciencia porque la gran mayoría desconoce estos hechos por ocultamiento intencionado de la verdad, siendo el propio sistema quien extiende la idea de que la vida en masa permite estas cosas sin que nuestra conciencia nos perturbe ni que nos sintamos culpables o pecadores,  mientras que los pocos que lo conocen se tranquilizan formándose una imagen de inocencia y pureza que no corresponde con la realidad, ofreciendo a sus miembros que se sumen a actos filantrópicos para mostrar solidaridad y amor donde solo existe limosna y lavado de conciencia. No buscan causas ni efectos, solo expurgación. Y hoy, ya no es dios quien perdona, sino la masa. El ser humano moderno se escuda en la masa para creerse inocente y seguir con su miserable vida de placer inagotable. Los muertos que provoca el sistema son insignificantes porque son siempre lejanos,  desconocidos, y en cualquier caso son daños colaterales o un mal menor porque pertenecen a otra raza o especie. Y para que pase rápido cualquier posible sentimiento de culpabilidad, el sistema nos imbuye continuamente de distracciones de placer que hagan olvidar dicho posible sentimiento.


Nocividad en las ideas

Si los valores son nocivos es porque las ideología imperante también lo es y esta solo es una, la ideología del progreso. No es que no existan otras ideologías, pero las restantes son minoritarias e irrelevantes con respecto a esta. La ideología del progreso está dogmáticamente extendida a nivel mundial en todos los países civilizados y representa sin ningún género de dudas la idea más seguida y reverenciada de toda la historia de la humanidad, más incluso que cualquier creencia religiosa. Su globalidad es quizás el factor más pernicioso que se desprende de ella, pues es lo que la hace dogmática y supuestamente invulnerable. Todos los miembros del sistema obedecen a esta idea y ella misma consigue que el resto de ideas sean reprimidas y olvidadas por la mente humana.

Por otro lado, consumo y hedonismo son dos caras de la misma moneda que se atraen una a otra y son probablemente las dos fuerzas más potentes que resultan de la idea del progreso y a la vez son aquellas que hacen que éste perviva y se extienda. El sistema sabe que esto es así y por eso favorece los actos cuyo objeto sean el placer inmediato, la búsqueda de felicidad y la sensación constante del éxito mediante el consumo y la competición. Para ello es necesario una presión social activa y un ritmo de vida de locura generalizada. Así, las únicas ideas que se derivan de esta forma de vida estrictamente superficial son esas mismas, incluso toda idea política pasa por ello, sea denominada de izquierdas o de derechas, convirtiéndose en ideas progresistas que buscan ante todo el bienestar de la población a cualquier precio. Los cambios en el poder son meras reformas que no afectan en nada a la idea general que es la que manda.

¿Qué efectos negativos se desprenden de esto? En primer lugar, la creación de un sistema de vida que se mueve gracias a ideas superficiales y arrogantes; en segundo lugar, el mantenimiento del sistema mediante fórmulas perversas de vida; en tercer lugar,  la ocultación de los enormes costes que se derivan de un sistema como éste para el resto de seres vivos que pueblan el planeta; en cuarto lugar, el secuestro y represión de ideas verdaderas destinadas a mejorar la vida del humano en el planeta Tierra y sus relaciones con el resto de terrícolas con el que compartimos espacio.


Nocividad en la conducta

Por último cabe advertir la vertiginosa desviación de la conducta de los individuos del sistema de vida actual como una extensión lógica de un pensamiento nocivo. A continuación destacaré varias de estas desviaciones:

-Ritmo acelerado de la sociedad, acostumbrada al cumplimiento exhaustivo de horarios laborales y escolares, además de actividades extralaborales, lo que lleva a la gente a moverse siempre a un ritmo frenético y de auténtica locura, la sensación real de ir a todas partes con prisas, la supuesta necesidad de incrementar la velocidad con la ayuda del invento de los vehículos motorizados que contribuyeron determinantemente en la extensión de las ciudades, los trayectos largos, la construcción de más carreteras y el transporte de mercancías. Otros medios tecnológicos como la televisión, el ordenador o el teléfono móvil también contribuyen a ello ya que uno de sus aspectos fundamentales es el aumento de la velocidad de las imágenes o los sonidos.

-Competitividad, como una clave esencial para conseguir ser alguien en la vida o alcanzar el éxito, fruto de envidias que fomenta el sistema mediante la publicidad. Por si no fuera poco, la competitividad se extiende no sólo al aspecto económico y social, sino al político, al mundo del trabajo, los deportes, el arte o la ciencia. Hasta tal punto que muchos de los individuos hacen de la competición su razón de ser.

-Fenómeno de masa, como medio de control por parte de los poderes fácticos, se trata de uno de los fenómenos que más moldean la conducta de los individuos hacia una tendencia favorable a la sumisión, la irreflexión y el conformismo. De ahí que la cultura del hedonismo o del “cachondeo” haya tenido tanto éxito. El humano medio tiende a asociarse mejor hacia los grupos mayoritarios que conforman una masa porque se siente arropado por ella ante cualquier situación de duda o rebelión personal, la masa lo protege contra juicios minoritarios aunque no lleven razón, que es casi siempre, porque la masa es ante todo irracional, solo atiende a las necesidades del sistema.

-Desequilibrio y trastorno mental. De las pautas anteriores se desprende un aumento de nuevas formas de comportamiento que raya el desequilibrio, la falta total de moral, el desprecio y la burla por lo diferente, la tendencia al vicio y el exceso, la indiferencia y la falta de empatía por los que sufren, la pasividad y la rapiña, la postración hacia todo lo que promueve el sistema, y en muchos casos la obscenidad y la afición por lo grotesco. Nuevamente, el auge de las  tecnologías emergentes ayuda en gran parte a difundir esta serie de comportamientos antinaturales mediante la grabación de imágenes y su difusión por internet.

-Hipocresía en el pensamiento. El auge de ideas izquierdistas no ha hecho más que confundir al individuo en su pensamiento y llenarle la mente de contradicciones mediante la difusión de ideas antirracistas y sexistas, pacifismo, amor al prójimo, honestidad, compasión o incluso rebelión contra el sistema, ideas que por sí mismas albergan un gran sentido de la justicia, pero que siempre estarán limitadas a lo que dicte el sistema mediante sus patrones conductuales y aspectos legales. Peor aún, el sistema ha demostrado que puede adaptar estas ideas para su buen funcionamiento y de hecho lo hace. Por ello, el fomento de estas ideas sin plantearse el contexto social en las que se desarrollan es una hipocresía que no conduce nada más que a actitudes progresistas y a acciones que contienen doble moral, además de que provoca una incoherencia permanente entre acción y pensamiento.

-Forma de vida contra natura: distanciamiento de la naturaleza y orden natural, aumento artificial de la esperanza de vida, aumento desproporcionado de la población, invasión del medio, matanza indiscriminada de individuos de otras especies, esclavismo de seres vivos, conflictos perpetuos dentro de la misma especie, transformación, envenenamiento y agotamiento del medio natural… En consecuencia, un sistema de vida contra natura sólo puede provocar comportamientos de la misma clase si sus individuos son auténticos adeptos al régimen sin remedio.

-Ausencia total de ideas de reflexión, que conduzcan al cuestionamiento de las bases que rigen el sistema y su patente nocividad para llevar a cabo acciones coherentes. Las acciones de rebelión que fomentan algunos grupos denominados de izquierda o antisistema no contribuyen de ninguna manera a la reflexión de la nocividad reduciendo sus acciones a meros actos de desahogo o luchas superficiales y reformistas que casi siempre son absorbidas por el propio sistema para hacerlas productivas y consumibles.


La conclusión es clara y rotunda: vivimos en una sociedad que emana nocividad por todas partes y que goza del respaldo inconsciente de millones de adeptos atraídos por sus engaños en forma de bienestar y placer sin límites. Que la voluntad humana pueda combatir el sistema hasta derribarlo es algo poco probable dadas las circunstancias presentes e históricas. En realidad no es la voluntad humana la que nos ha llevado hasta este punto. Sí que pienso que en lo individual uno puede rechazar el sistema al menos en parte y de alguna forma eso es combatirlo.